miércoles, 21 de noviembre de 2012

Noche de muertos


La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos
Camilo José Cela


Como todos los inicios de los noviembres de tu vida consciente, te diriges al pueblo a saludar a tu sangre muerta, desde niño tus padres, sobre todo tu madre, te enseñaron a honrarlos. Una noche todos los muertos de la familia se volvieron tuyos, aprendiste a dedicarles pensamientos y oraciones, la primera noche del primer día del penúltimo mes.

Tomas el autobús, te sientas como siempre en el 18, tu número favorito, para tu fortuna, el 17 lo ocupa una mujer, en sus treintas, de belleza discreta, cuando te sientas voltea a verte pero apenas te mira, está concentrada en un libro de fotografía, alcanzo a ver que es de Nan Golding, no conozco mucho de su obra pero si de sus fotos inquietantes llenas de historias obscuras.

Al fin salimos de la ciudad, para algunos citadinos el solo hecho de meterse en un tráfico asociado a un puente largo inhibe cualquier intención de abandonar los paisajes grises. A medida que el verde va ganando espacio en la ventana, entras en un estado de paz agradable, como si todos tus problemas estuvieran resueltos, cierras los ojos y te descubres sonriendo, reflexionas que lo que te tiene feliz es imaginar tu llegada al pueblo, te gusta hacerlo como ahora, sin avisar, tomando por sorpresa a toda la familia. Los imaginas con los preparativos, las frutas, las velas, las fotografías, los cientos de flores amarillas que siempre te han remitido al Mauricio Babilonia de Macondo, el sombrero de fieltro del abuelo, el chal de la abuela, el pato que manufacturó la tía, la copa de brandy, las gomitas, prendas que desde hace años ocupan un lugar en el ropero, las ropas de los muertos que los vivos decidimos guardar, para estos encuentros, para mostrarles el camino a casa.

Abres tus ojos, la mujer del 17 se ha ido, la buscas en los asientos vecinos como si en realidad te hubiera abandonado, te recuerda a alguien pero no alcanzas a ubicar de quien se trata, asumes que el haberla visto con un libro de fotografía te predispuso a querer conocerla, casi nunca dejas ir estas oportunidades, conversar con almas afines, te preguntas en que momento se fue, debiste haberte quedado dormido, el sueño siempre ha sido tu amigo, desde que tienes memoria. 

Te encanta descubrir desde el camino las torres del pueblo, el lugar donde te bautizaron y donde te vestiste de monaguillo a los ocho. Por fin llegas, te bajas, desde hace años tu maleta es un morral, te gusta viajar ligero. Recorres las calles, despacio, concentrado en pasos muy cortos, tratando de ver, oler y escuchar todo lo que sucede, cualquier rumor, cualquier movimiento, cualquier sombra, este ejercicio siempre te ha ayudado a cargar los lugares a tu memoria. Reconoces algunos rostros y casas, observas a los chicos que juegan pidiendo su calavera, ajenos por fortuna a las realidades globales, a los jóvenes que coquetean y cortejan, o viceversa, a los viejos que rezan, recuerdan y lloran a sus hijos, a los hijos que lloran recuerdan y rezan a sus padres.

Las casas están vestidas de flores, descubres enormes altares en pasillos y cuartos, el aroma de los tamales y del atole despierta tus recuerdos mas lejanos. 

Noche de muertos, es especial, se establece un canal directo al Mictlán. Sabes que las ánimas de los hombres se alimentan de las ánimas de los frutos, de los panes, de las bebidas, es el momento de compartir el pan y el vino con ellos, hasta que un día, los alcancemos, como en aquella escena de "Un hogar sólido" de Elena Garro donde, bajo ese contexto, la muerte del ser querido es esperada impacientemente por los muertos, solo en México.

Por fin llegas, todo el pueblo está ahí, mientras buscas el espacio de los tuyos reflexionas que la muerte es una de las pocas realidades que en verdad es democrática, el maestro Posada, tenía razón. 

Observas, la vigilia, el silencio, los recuerdos que los llaman, el altar que les muestra el camino, los sonidos aleatorios a través de los cuales nos contestan y nos dicen que aquí están, con nosotros, entre nosotros, sonriéndonos, tomándonos de la mano o acariciando la cabeza de los mas pequeños, los sentimos, aquí están.

Ves a tu madre, a tus hermanos, hijos y sobrinos alrededor de la tumba familiar, el corazón te late con furia, te acercas en silencio esperando sorprenderlos mientras rezan cuando una sombra llama tu atención, un escalofrío te recorre la médula y sientes como se erizan los vellos en tu nuca, si, ahí están los abuelos y la tía Susana, te saludan, muerto de miedo llamas a tu madre, a tus hijos, parecen no escucharte, se acerca tu abuela, Adelita, te besa.