Reviso las fotografías que tomé desde el castillo, la verdad es que me quedaron bien, el Danubio, la arquitectura, los músicos del barroco, chingón, el lugar es maravilloso y todas las fotos están buenas, llego a un café de la plaza Hlavne y mientras veo como un soldado de Napoleón con alma de bronce observa el centro de la misma, pido una coca de 4 euros, ¡Ratas! hasta me acuerdo de mi buen Rockdrigo, “Ratas por todas partes, ratas los lunes y martes”, que en este caso aplica al fin de semana, lo que más coraje me da es que voy a tener que comprar otra, lo frío y el azúcar se requieren después de la joda del castillo. Prendo un cigarro y mientras busco opciones en mi guía, un cruce de miradas que se sostiene tres o cuatro segundos es suficiente para decidir seguirla hasta que la noche me alcance, no me importa donde, al fin que ni hotel tengo, viaja sola, como yo, trae mochila, como yo, chaparrita, cabello largo y suelto, la blusa probando sus propiedades elásticas tratando de contener un busto generoso. Decido seguirla, no cabe duda que las manías no respetan meridianos, solo espero que la suerte en esta ocasión me sonría, o al menos, que no me joda.
Como ella, compro un ticket para el autobús que nos llevará por las calles del casco antiguo, espero que casi se llene para subirme y sentarme obligadamente a su lado, esbozo un ¿puedo?, mas con lenguaje corporal que con mis cuerdas vocales y sin contestarme mueve su mochila, sigo sin saber de donde es, el viaje comienza y saco mi Cannon disparando a diestra y siniestra, la verdad es que casi todo es fotografiable, procuro su primer plano, desde un breve espacio de su pelo que el viento me acomoda hasta la franca mitad de su cabeza con enfoque para objetos cercanos, en un respiro reviso mis fotos y veo que sus rizos toman un color rojizo por efecto del sol; la ventaja de las digitales es que si algo no te gusta lo puedes mandar al carajo sin mayor costo o remordimiento, esto hace mas grandes a los grandes y si no que le pregunten a Helmut o a Tina; por cierto, tiene tipo de italiana. Mientras el guía comenta algo de un hombre de bronce que se asoma por una alcantarilla percibo su perfume muy suavemente, me agradan las mujeres que huelen bien, me proyecto y me acuerdo de don Rigoberto, aquel personaje de Vargas Llosa en el “Elogio a la madrastra”, quien en sus abluciones dedicaba un día a su nariz para asearla a conciencia y dejarla lista para percibir a su adorada Lucrecia, como nadie lo había hecho, al menos eso creía, me sigo proyectando y mientras avanzamos por la ciudad cierro mis ojos y bloqueo mis oídos al discurso del guía, dilato mis fosas en la búsqueda del perfume y del sudor con el que está mezclado.
Después de un momento abro lo ojos y una mujer en sus cincuentas me observa con curiosidad, seguramente se pregunta porque tengo los ojos cerrados mientras viajo en un autobús turístico, le sonrío y le regalo un guiño, me regresa la sonrisa mientras mi vecina sigue clavada en sus calles y sus fotos. Terminamos el tour, le tiendo la mano para bajar del camión, me sonríe y dice “grazie” ¡a huevo! es italiana.
La sigo toda la tarde, entro y salgo de tiendas, de cacería, como aquellos lobos que no quitan la mirada de su presa, estudiando su vulnerabilidad y esperando el momento del ataque, discretamente al principio, acortando distancia poco a poco, con descaro al final, coincidiendo en los mismos espacios, comprando las mismas cosas, arrebatándole los productos que ella escogía, pero siempre, sin cruzar nuestras miradas, como si hubiéramos firmado un acuerdo de saber de nuestra existencia, de sentir nuestra presencia pero donde el cruce de miradas estuviera prohibido, me sentía como en mis veintes, sus feromonas me atacaban sin misericordia a medida que me acercaba a ella, estoy cierto que la fuerza de las mismas es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre los cuerpos o entre las cargas si mi maestra Rosano no me mintió. La entrepierna de mi 501 comenzaba a manifestarse sin pudor, en un país extraño, una lengua extraña, una cultura extraña, no me importaba que me vieran siguiendo a la italiana de modo enfermizo.
Entramos juntos al hostal, pague los 28 euros de un dormitorio privado, se detuvo junto a la cama, temblaba, nuestras miradas por fin se cruzaron, uno o dos minutos, no lo sé, me dijo “ho paura” y comenzó a llorar.