domingo, 5 de abril de 2015
Iguazú
Te encuentras como muchas otras veces, esperando tu equipaje, esta vez en Misiones, provincia del norte Argentino; decidiste conocer uno de las mayores prodigios de la naturaleza, Iguazú, con toda su agua, tanta, según has leído, que los hombres del desierto como tú, seguramente la percibirán como de otro mundo, uno acuático, con el que alguna vez has soñado.
Aquí estas, esperando los 10 kilos de tu maleta, con todo lo que necesitas para vivir, mientras esperas al transporte, el Tláloc del Sur te recibe con toda su furia. Si, miserable mortal, bienvenido a mis dominios que se extienden del cielo a la tierra, en todo lo que puedan abarcar tus 360 grados de percepción esférica, donde una de mis bocanadas es suficiente para detener la vida como la conoces. Si, Dios maravilloso, Dios voluptuoso, golpea mi pecho y mi rostro, purifícame, lava mis soledades, mis fobias, mis mezquindades, limpia lo aprendido, libérame, llévame contigo, con el arroyo, con el río y deposítame en el sitio de todas las aguas, en la tierra húmeda que da paso a la vida renovada.
No puedes dormir, café, mate y cigarro te acompañan toda la noche, bichos alados rondan tus sueños y acompañan tu vigilia, la espera hasta las seis, hora en que pasa tu transporte te parece interminable. Esto te ha pasado otras ocasiones, es como si algo que fuera a marcar tu vida estuviera a punto de suceder y a ti no te queda más que esperar, pones en una fumada la paciencia que no tienes y que te lleva a estados de exaltación que te hacen comenzar una carrera, adentrado en la noche de un pueblo desconocido.
Iguazú, agua grande, Iguazú, su exuberancia nubla tus sentidos, árboles altísimos se delinean dibujando una metrópoli en el horizonte, imaginas a los antiguos guaraníes rondando estas tierras, venerándolas, respetándolas con todos sus seres, construyendo su cosmovisión alrededor de este espacio que tú, hombre del desierto, tienes la suerte de pisar.
Comienza tu caminata, el taxista te dice que después de una hora llegarás a la entrada del Parque Nacional, enciendes tu primer cigarro de la mañana y te adentras en la vereda, a cada paso te parece descubrir múltiples movimientos a tu alrededor, monos, serpientes, aves, puede ser cualquier cosa. La vereda está llena de charcos y cubierta de mariposas, abundan las amarillas, cientos, no, miles, te recuerda al Mauricio Babilonia de 100 años de soledad. Los sonidos te llaman, son poderosos, muchísimos, uno a un lado del otro, se traslapan, te embriagan y confunden, no puedes ignorarlos más, les das la cara y decides simplemente entrar. Avanzas esa selva con dificultad, diez metros tal vez, la sinfonía parece haberse hecho más poderosa, te detienes, abrumado, te sientas en un pequeño lugar de un mundo desconocido, decides comulgar con el espacio, cierras los ojos.
Te descubres caminando entre caídas de agua, como nunca antes has visto, arriba, abajo, a tus lados, las pasarelas esparcidas como venas a lo largo del parque te dan ese efecto, tu cámara atestigua prácticamente cada paso que das, la mañana es fría pero la caminata te ha calentado, te percatas que perdiste tu chamarra, debió quedar en la selva, que la aprovechen los monos, piensas.
Subes y bajas, hay poca gente, te gusta conocer espacios fuera de temporada, es mejor en muchos sentidos, te diriges a la Garganta del Diablo que de acuerdo al plano, es el salto de agua más alto de los más de 250 que hay en este lugar, te detienes un momento a descansar, te quitas los zapatos y metes tus pies en un arroyo de agua helada, sientes como si te clavaran miles de agujas con la precisión de un chino milenario, descansas. En algún momento, un Coatí acostumbrado a robar abre tu mochila, al descubrirlo, prácticamente se pelean por ella y en tu sorpresa termina llevándose un chocolate que te acompañaba desde México.
Sabes que estás cerca, el ruido del agua es majestuoso y mientras avanzas solo te preocupas por mantener tu cámara seca, al fin llegas, te quedas sin habla al descubrir como la tierra se traga literalmente toda el agua del mundo, sientes la adrenalina correr por tu cuerpo, te electriza, agradeces el estar acá, luchas por mantener los ojos abiertos mientras una ráfaga de agua intenta vencerlos, ves a un chico a tu lado, con la chamarra que perdiste por la mañana, la reconoces, es una del Santos Laguna, verde con rayas blancas, intentas imaginar cómo es que la tiene pero eso no importa, la garganta del diablo te tiene hipnotizado, a él también.
Por alguna razón lo tomas de la mano y te sientes bien, como si lo conocieras de siempre y lo necesitaras, él te aprieta fuerte y por un momento te sonríe, tampoco puede desviar su vista de la caída por demasiado tiempo, lo observas de perfil, se parece a ti, cuando tenías su edad. Juntamos nuestras fuerzas y nos acercamos al borde, el ruido es ensordecedor, toda el agua del mundo, todo el vértigo, el chico te suelta, te mira a los ojos y balbucea algo que no alcanzas a oír, le gritas que no lo escuchas, “gracias”, percibes, “es lo que necesitaba” te dice mientras dando un paso certero se pierde en el vacío.
jueves, 27 de noviembre de 2014
Jubilación
Para ser realmente
grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella
Charles Louis de
Secondat – Montesquieu
Para Manuel Alanis
Llegas al restaurante, uno oriental cuyo nombre no recuerdas
en algún lugar del sur de la moderna Tenochtitlan, te dice quién te recibe que
tu grupo se reunirá en el segundo piso, subes las escaleras y en el descanso te
encuentras con un monumental Samurai con piel de bronce, te impacta, lo
observas, el detalle de sus ojos y manos es sobresaliente, está parado sobre
una de sus piernas y el efecto de equilibrio que transmite es muy bueno. Tratas
de imaginar cómo fue su proceso de creación, el boceto del artista, el modelado
con el detalle necesario para volverlo casi real, la cobertura de yeso, la impregnación
de cera, el vaciado del metal, el pulido hasta llegar a la conclusión de la
obra, no sé cuánto tiempo he estado aquí, en ocasiones veo lo que pienso aunque
no siempre pienso lo que veo, Cortazar?
Comienzan los tragos, tu pides una cerveza, la modelo
especial de siempre, clara, fría, rechazas el vaso aunque violes algunas
reglas, el estar entre amigos o entre desconocidos te da ese privilegio,
limpias el pico, le retiras con cuidado esa envoltura de papel metálico y das
un trago firme.
Estás contento, rodeado de camaradas, has visto en una de
las mesas un reconocimiento para Manuel, entiendes que esta comida será el
pretexto para su entrega.
Mientras degustas tu cerveza, observas a quienes te rodean, todos
te han acompañado en tu camino profesional. Inconscientemente viajas a los
primeros años de tu carrera, cuando la arrogancia de la juventud era tu fiel
compañera, suspiras. En tus recuerdos entras a aquella sala de operación del sistema
eléctrico del Área Norte, espacio apreciado por los Operadores del Sistema,
donde las decisiones en tiempo real se vuelven adictivas, donde la diversidad
del trabajo era lo que lo hacía atractivo y donde el mayor reto era estar
preparado para la peor contingencia.
Cuidar el detalle técnico de la operación era lo que la
volvía digamos… elegante.
Pides otra cerveza mientras rechazas un taco de Pato que te
ofrecen, soy vegetariano murmuras, alguien te pregunta el porqué, pregúntale al pato, respondes.
Nuestro Director General toma la palabra y platica del
motivo de la celebración, menciona a los amigos que se jubilan y nos cuenta algún
aspecto de su relación con cada uno de ellos, hay un silencio solemne en la
sala, casi todos pensamos en la jubilación como en una despedida y ese
inconsciente nos vuelve más emocionales.
Pasan a recibir sus reconocimientos Jesús, Gilberto,
Gustavo, Héctor y finalmente Manuel, mientras Enrique da lectura, a nombre de
todos nosotros, a este último reconocimiento, te pide que pases al frente para
recibirlo, surge un aplauso fuerte y sincero.
Nos platicas tus primeros años en la compañía, como
conociste a algunos de nosotros y compartes anécdotas que guardas en tu
memoria, las cuentas con esa sencillez y calidad humana que te caracterizan,
mientras hablas, hurgo en esos espacios que solo yo conozco llenos de enlaces
sinápticos y te encuentro, en la sala de operación, en reuniones de trabajo, en
comidas, en bares, pateando el balón, en congresos, en la presa, en debates, en
proyectos, en restablecimientos, en consejos; otro aplauso fuerte me regresa,
todos se incorporan para felicitarte, a medida que espero mi turno me congratulo
de haber tenido el privilegio de conocerte y cuando te doy un abrazo, las
palabras que esperaba expresar escapan a mi garganta y solo alcanzo a balbucear
lo orgulloso que todos estamos de ti.
La compañía es espléndida y la confianza de estar entre amigos
nos lleva a los excesos, los Bailey´s en las rocas se multiplican a medida que
transcurre el tiempo, en algún momento alguien pide un taxi y decides irte también,
mientras bajas las escaleras, el Samurai parece observarte fijamente, descubres
un brillo en su mirada que te provoca una descarga de adrenalina, avanzas otro
escalón aunque más lentamente, con cuidado, la hoja de su sable emite un
reflejo con el cambio de perspectiva, Nacho, que viene detrás de ti tropieza y
te empuja hacia la mole de bronce, lo golpeas, con el empellón rompes lo que
los ingenieros llamamos “equilibrio críticamente estable” el muro que se
encuentra detrás evita su caída pero el rebote es todo tuyo, el bronce te
pertenece mientras rueda contigo escaleras abajo en ese lugar… enemigo de los
patos.
domingo, 2 de noviembre de 2014
16th Street
Para Nemorio
Mañana regresas, esta es tu última noche y aunque estás cansado, piensas aprovecharla, te despides de tus nuevos amigos y fiel a tu costumbre decides recorrer las calles de esta ciudad por tu cuenta. Una ciudad que es más que calles, parques y edificios, museos y esculturas, la ciudad que te interesa conocer es la que vive en su gente, la que se manifiesta en sus costumbres, en sus ritos, en sus comportamientos, en sus historias. Cuando cruzas la puerta del hotel, el portero te pregunta si saldrás solo, le dices que sí, te avienta un discurso en un inglés cargado de hindú que no alcanzas a entender, le sonríes y te despides.
Mañana regresas, esta es tu última noche y aunque estás cansado, piensas aprovecharla, te despides de tus nuevos amigos y fiel a tu costumbre decides recorrer las calles de esta ciudad por tu cuenta. Una ciudad que es más que calles, parques y edificios, museos y esculturas, la ciudad que te interesa conocer es la que vive en su gente, la que se manifiesta en sus costumbres, en sus ritos, en sus comportamientos, en sus historias. Cuando cruzas la puerta del hotel, el portero te pregunta si saldrás solo, le dices que sí, te avienta un discurso en un inglés cargado de hindú que no alcanzas a entender, le sonríes y te despides.
Mientras caminas, enciendes un cigarrillo y bajas el ritmo,
el caminar despacio y concentrarte en percibir todos los detalles que puedas en
tu trayecto es un ejercicio que ejecutas con frecuencia, especialmente en
lugares que no conoces, el frío de otoño te da la bienvenida.
Entras en un sitio que anuncia Jazz en vivo, le pides a la
chica una cerveza, tomas asiento en un rincón a lado de una pareja y cierras
los ojos dando todo el poder de la percepción al sentido del oído.
Una rola cuasieterna te mantuvo fuera de este mundo,
agradeces en el alma la improvisación que te tocó atestiguar y le sonríes en la
oscuridad a tu mujer quien no necesita estar contigo para acompañarte.
En algún momento la chica te sirvió tu cerveza, desapareces el
contenido del tarro en 20 segundos y prometes comprar la playera que viste por
la mañana con la sentencia “No soy un alcohólico, soy un borracho, los alcohólicos van a reuniones”.
La trompeta te acaricia suavemente, a ti y a todo el
recinto, una de las bondades de la música es su capacidad de sintonizar espíritus,
sin importar sexos, culturas o edades, observas la pista de baile donde algunas
parejas mueven sus cuerpos al ritmo que marca el sensual saxofón, despacio, sin prisas, desinhibidos, bien,
no puedes reprimir un gesto de sorpresa cuando te percatas como en cierto
momento dos parejas intercambian y siguen fajando, él con él, ella con ella.
El aire frío de Denver te recibe nuevamente, golpea tu
rostro mientras caminas por la calle 16 de regreso al hotel, lo haces despacio
como te gusta, observas, descubres sombras que se deslizan al cobijo de los
intersticios de los edificios que como tú, también observan, con ojos
acostumbrados a la ausencia de luz, homeless que buscan tomar de la noche lo
que sea, lo que se pueda.
El frío de la madrugada comienza a calar, tu cabeza sin
cabello es un sensor que te pide apurar el paso y olvidarte del proceso de
observación, te faltan como diez cuadras, recuerdas aquellos textos Chamánicos
que leíste de Carlos Castaneda hace algunos años y decides realizar un
ejercicio que Don Juan, el personaje principal puso a sus pupilos; emprender una
caminata de poder para meterle un poco de onda al regreso; te prometes caminar
firme y decididamente, como si tuvieras prisa, al menos una cuadra con los ojos
cerrados, confiando solo en tu instinto y en la guía que te pudieran dar las
energías del entorno para no chocar con algún poste, hidrante, arbusto o banca
de esta calle, estudias la cuadra que te reta silenciosa, visualizas los
próximos metros y te programas para cambiar levemente tu dirección en el
momento preciso para evitar la farola que se interpone en tu camino, acoges el
reto, sabes como muchas otras veces que has llegado al punto sin retorno donde
tienes que ejecutar la idea, das tres bocanadas sonoras de ese aire frío que te
despabila, cierras los ojos y con firmeza, casi con fiereza comienzas tu
recorrido.
lunes, 18 de agosto de 2014
El mural
Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.
Emil Cioran
Para el colectivo ENAMURO
Te juntas con los amigos a lanzar ideas, el tema a desarrollar es de luchadores, las imágenes se forman y deshacen en tu mente a medida que las palabras de los otros las evocan, algunos papeles por fin las materializan y después de discutir pros y contras, finalmente se deciden por uno de ellos para hacer un boceto.
Te toca trabajarlo, la diferencia de proporciones de ancho y
alto del muro disponible representa todo un reto para lograr que los personajes
respondan a los conceptos del colectivo, te concentras, trabajas acompañado
solo por humo y café, el resultado te satisface, las horas invertidas han
valido la pena, cada obra es como un pequeño hijo, dice el maestro.
La pared espera impaciente, el proyecto te llevará algunas
horas y consiste en multiplicar las dimensiones del boceto, mientras preparas
la pintura, vas y vienes del boceto a los colores, y esa noche, te lo llevas a
lo más profundo de tus sueños, los personajes aparecen una y otra vez, bajo
diversas circunstancias, te despiertas con una ansiedad que nunca habías sentido,
no puedes esperar más, es como si te hubieras dado cuenta que hacer este mural
cambiará tu vida.
Pasas tus manos sobre esa pared, cierras los ojos y sientes
las múltiples texturas que presenta, es un rito que siempre realizas, tocar el
soporte, sentir, es parte del protocolo al iniciar un trabajo. Realizas los
primeros trazos, cubres las firmas que los chavos del barrio han plasmado por
años, reclamando como suyo cada centímetro cuadrado de esta pared, esta tarde,
trabajaras para el barrio, regalando tu talento, convencido que mejorar el
entorno también mejora la vida de las personas.
El muro está lleno de imperfecciones, hoyos e
irregularidades dificultan la pintada, así son los muros de nuestros barrios, el
tiempo, las pintas y los hoyuelos observan a las personas en su tránsito por
las calles, son mudos testigos de los juegos de los pequeños, de actos de
violencia de los perversos, y en ocasiones, cuando tienen suerte, de las caricias
de los amantes que buscan burlar al
pudor al cobijo de los rincones más oscuros.
Te gusta el azul, comienzas a aplicarlo y a medida que cubre
las piernas del personaje casi pudieras afirmar que sientes como se tensan tus propios
músculos abductores. Imaginas el ambiente en una arena real, los gritos de la
gente, los rostros de los niños que ven en las máscaras de sus ídolos a esos
héroes que no pierden su esencia humana; nada que ver con aquellos de la liga
de la justicia de los comics gringos. Acá, en esta arena, los rudos y los
técnicos, el bien y el mal, se enfrentan cada semana para dirimir viejas rencillas.
No te das cuenta y ya estás trabajando el abdomen, decides pintar
uno que denote horas de entrenamiento, uno que sea capaz de soportar cualquier
golpe, cualquier patada sin que disminuya la efectividad del contraataque. Te
gustaría contar con uno así, diferente a esta pancita cervecera que te
caracteriza, uno que, al mostrarse, enseñara una disciplina de carácter que
definitivamente no tienes.
Trabajas los pectorales, deltoides y bíceps que te permite
la perspectiva, buscas transmitir la tensión, fuerza y coordinación que un
salto desde una tercera cuerda seguramente requiere. Imaginas al personaje,
consumando uno de los grandes sueños del hombre, volar.
El sol lagunero te pasa la factura de la pintada, te quedas
sin agua pero no puedes parar, es un estado que muy pocas veces logras cuando
estás desarrollando una obra, pareciera que el pincel cobrara vida propia, va y
viene del muro al bote de pintura, al bote de agua, imprimes luces y sombras
que dan el volumen que necesitas.
Trabajas la cabeza, una máscara azul la cubre, mientras pintas, imaginas lo que debe
significar una lucha a dos de tres caídas sin límite de tiempo portando una máscara
de estas; el ejercicio por sí mismo es capaz de generar litros de sudor, pero
con la máscara encima el efecto debe ser multiplicador, se debe sentir algo
parecido a lo que tú ahora sientes, al pintar bajo el sol, el agua resbala por
tu cuerpo y rostro, el pincel sigue su movimiento de autómata que no te permite
descanso, te duelen los brazos, especialmente el izquierdo, como si hubieras
recibido un fuerte golpe; los ruidos de la calle se desvanecen y son
sustituidos por gritos de personas, te descubres en tensión, dispuesto a
golpear, tu cabeza caliente, tu mirada fija en el objetivo, derrumbar y
preparar la caída, lastimar sin lastimarte, un momento que parece volverse
eterno, detenido en el tiempo mientras con el rabillo del ojo, a tu derecha,
observas a un hombre que te mira fijamente, muestra una mueca que quiere
parecer una sonrisa, satisfecho, liberado, mientras tú, te quedas acá, atrapado
en un muro, volando.
martes, 25 de febrero de 2014
TEMAZCAL
Milan Kundera
Después de una noche que duró tres días, despiertas, abres
los ojos, confundido te descubres en un camastro, un techo de paja te cobija,
el inconfundible ruido de olas besando una orilla te dice que estás en alguna
playa, aún recostado tratas de recordar que hiciste, como llegaste a este sitio.
Una mujer entra corriendo a la choza, te sonríe y te apura diciendo que el
ritual está por comenzar, enseguida sale a toda prisa dejando todavía más
preguntas en tu mente. Te incorporas, descubres una botella de agua y la apuras
con avidez, al primer trago sientes como quema tu garganta y esófago, demasiado
tarde, es una especie de mezcal que te descompone volviendo a la sed lo menos
importante en este momento, sales a la luz, una lluvia de fotones te recibe
mientras tus ojos tardan un momento en acostumbrarse al cambio, aunque siempre
lo logras, reflexionas, adaptarte al cambio.
La imagen es increíble, un inconfundible verde turquesa te
dice que estás en el Caribe, la brisa de la mañana acaricia tu rostro, respiras
hondo, llenas tus pulmones de ese aire salado que te hace tanto bien, cierras los
ojos para concentrarte en las sensaciones que tus pies transmiten mientras se hunden en la arena,
ahora te fijas en los sonidos, escuchas con atención, mides el tiempo pretendiendo
encontrar la frecuencia escondida en el oleaje, realizas algunos cálculos y
determinas un rango que consideras aceptable, tu formación siempre te ha
impuesto estos ejercicios; recuerdas un personaje de Asimov que se entretenía
planteando las ecuaciones diferenciales de los cuerpos en movimiento,
definitivamente no llegas a tanto; una brisa te acaricia, abres los brazos, los
labios, la reconoces y saludas con una sonrisa, se trata de la hija del viento,
tu amigo.
Un grito te trae de vuelta, la mujer de la choza te hace
señas para que te acerques, caminas, descubres un gran domo blanco, un Temazcal
enorme, el más grande que has visto en tu vida adornado con una serpiente
emplumada, México lindo, un hombre con el pelo larguísimo te da un abrazo
fuerte, gracias por estar acá vagabundo, te dice, asientes sin saber de quien
se trata, maldita memoria; mientras esperas, tratas de recordar cómo has
llegado a este sitio, la vista del mar a través de las palmeras es maravillosa,
te hipnotiza y decides llevártela en uno más de tus recuerdos de vida, aquellos
que habrás de nombrar la noche que te despidas, unas volutas de humo te sacan
del trance, hay una gran fogata que otro muchacho atiza con una pala.
El ritual comienza pidiendo sabiduría
a Quetzalcóatl hacia el Oriente, volteamos
al Poniente y nos dirigimos a Xipe Totec solicitando recibir y dar amor, al Norte
invocamos a Tezcatlipoca buscando la inteligencia para reconocernos y hacia el Sur
llamamos a Huitzilopochtli para que nos ayude a desarrollar nuestra voluntad en
armonía con la voluntad divina. Asumes el rito con toda seriedad, por
algo estás acá, no hay casualidades, te repites. El guía explica la forma de
entrar, caminaremos rodeando el temazcal hacia la derecha, entraremos por la
pequeña puerta y dentro caminaremos ahora hacia la izquierda hasta completar otro
circulo completo, entendido, si, contestamos, emularemos el símbolo del
infinito regresando al vientre materno, el común a todos los hombres, sin
importar culturas o religiones, posiciones sociales o creencias, el vientre de la
tierra, nuestra madre.
Soy el primero en entrar, la puerta es pequeña, el abdomen
no me permite hacerlo en cuclillas de modo que lo hago gateando, las piedrillas
del suelo me lastiman, hago el círculo interior y busco sentarme cerca del hoyo
del centro delimitado por piedras, como nos pidieron, observo como entran el
resto de las personas, 4 hombres y tres mujeres, todos toman su sitio, el guía
nos dice que esta mañana haremos una puerta por cada uno de nosotros, también
dice que compartirá un conocimiento que aprendió de sus padres y ellos de los
suyos y así sucesivamente hasta el inicio de los tiempos. Nos pide que
mantengamos la menta abierta, libre de prejuicios, que tratemos de sentir y
dejemos de pensar, nos presenta a quienes llama sus águilas de fuego, el chico
que estaba en la fogata y una mujer de cabello rubio que físicamente responde a
patrones nórdicos.
El águila varón entra con una cubeta llena de piedras que se
perciben muy calientes, en ese momento, siguiendo al guía comenzamos un cántico
“Bienvenidas, bienvenidas, abuelitas de la antigüedad”, el muchacho deposita
las piedras en el ombligo del temazcal, se retira y ahora quien entra es la
chica con otra carga similar después de lo cual sella la entrada de luz, lo que
nos lleva a una oscuridad casi total, solo el centro arroja algunos destellos
producto de la incandescencia, dejamos de cantar, ahora nos pide relajarnos mientras
diversos aromas inundan el ambiente - estamos aquí quienes tenemos que estar,
bienvenidos hermanos, bienvenidos a casa, limpiaremos nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
estamos seguros, en paz, en el vientre de la tierra, nuestra madre, aquí todos
somos iguales, no importa de dónde vengamos ni nuestras posesiones, todos somos
hijos de la tierra, venimos a purificarnos, a dejar lo malo, a renacer como
mejores personas.
El espacio se llena de vapor, alguien ha vertido agua sobre
las piedras, comienzas a sudar copiosamente, sientes como tu cuerpo de agua se
desprende del de carne en muchas pequeñas gotas, resbalan formando caminos caprichosos
a través de los montes, valles, cicatrices, tatuajes y vellos que forman tu
cuerpo. Los cánticos sobrevienen, uno tras otro, los sigues, concentrado, tus
sentidos atentos, alertas, sin querer perderse un solo detalle de la
experiencia, como si cada uno de ellos tuviera voluntad propia y al tomar
preponderancia en la percepción del mundo, estuvieran jubilosos. Las piedras
calientes siguen entrando, ocho puertas, ocho recargas, ocho nacimientos.
Permiso para hablar, Concedido, el tiempo de las confesiones
ha llegado, de tirar lo malo al fuego, de lanzarlo a las abuelitas que con su
sabiduría sabrán que hacer, de quitarnos el lastre de las acciones vergonzosas
mediante una confesión pública, de reconocer, de arrepentirnos, de aprender,
Jop.
Permiso para hablar, Concedido, agradeces al guía y a sus
águilas la experiencia, agradeces a tus hermanos su compañía, comprometes tus
acciones futuras con la tierra de testigo, escuchas el tono de tu voz, te suena
distinta, es la voz de mis entrañas, piensas, Jop.
El momento de renacer ha llegado, gritamos con todas
nuestras fuerzas, mientras se abre la puerta de luz, salimos, ahora eres el
último, estás cansado, calculas que las ocho puertas se han llevado poco más de
tres horas, definitivamente estás deshidratado, piensas en lo bien que te
caería una cerveza fría, te pones de nueva cuenta a gatas, por alguna razón te
duelen muchísimo las rodillas, te levantas, intentarás pasar de cuclillas, te
sujetas del marco de la pequeña puerta mientras flexionas tus piernas ausentes
de fuerza, algo que no calculaste, al intentar dar el primer paso, pierdes el
equilibrio, te vas hacia un lado, alcanzas a recomponer pero ahora te vas hacia
atrás, no hay retorno, el ombligo del temazcal te recibe.
domingo, 17 de noviembre de 2013
El lienzo
Amanece, la luz de
Octubre me abraza por completo dejando mi pálida piel al desnudo, te observo por
primera vez y siento como tus palmas resbalan por mi cuerpo, alisándolo, me
gusta, podría acostumbrarme a tus mimos matutinos por siempre.
No sé quién eres ni
porqué llegaste a mí pero me gusta observarte, mi estructura sensorial de tres
metros cuadrados me permite verte desde diversas perspectivas, la parte baja,
media o alta, por un lado o por el otro. En ocasiones me permito concentrar
todas las visiones en una sola, donde tus rasgos terminan por perderse y solo
queda un espacio de luz cálido y difuso que me encanta descomponer una y otra
vez en cada una de tus perspectivas. Así, en una maravilla del aprendizaje y
autodominio, mágicamente voy y vengo de tu rostro al espacio de luz y de vuelta
a tus manos, tu cuerpo, tu luz, tu color, tu aroma, tu luz.
Te esmeras en
cubrir mi piel con esos colores y brochas de diversos tamaños, hay ocasiones en
que tu mentón y entrecejo se arrugan un poco, es ahí, cuando descubro ese gesto;
que concentro todas mis miradas en una sola viéndote directamente a los ojos,
fijamente, esperando te acerques lo suficiente para jugar al cíclope de
Cortazar, o al menos lo necesario para veme en ti, en el reflejo de tu
concentrada mirada y descubrir el nuevo tono de mi piel, las formas con que has
decidido tatuarme de por vida, esperando que descubras mi presencia, que me
sientas como yo te siento a ti amor, desde ese primer Octubre de mi vida,
cuando me tocaste.
La pintura cubre mis
imperfecciones, en ocasiones pasas más de un tono por el mismo sitio, es como
si no decidieras que ropa ponerme, no importa, al final siempre me cubres, me
haces diferente. Hay un momento de tu técnica que anhelo y espero cada día, ese
que acompaña al ruido de un compresor mientras un aire tibio comienza a
acariciarme llenándome de cosquillas, me río a carcajadas mientras tú, seria y
concentrada me ametrallas con ese aire colorido formando las grecas que tanto
te gustan.
Tengo tu atención,
me gusta el hecho, sentir como me cuidas, como me transformo bajo tu influencia
y tus colores y tu música y tu danza de libélula feliz. Me regocijo siendo el
objeto que la lente de tu cámara enfoca cada tarde, documentando la
transformación, juego a tratar de adivinar el momento preciso en que finalmente
oprimirás el botón.
Estoy vestido,
sonríes, te alejas un par de metros y me observas detenidamente, tomas un
pincel delgado, vestido de verde y retocas
mi frente, sonrío, te alejas, tomas de nueva cuenta ese pincel pero ahora bañado
de negro, te concentras mientras lo apoyas en mi costado marcándome con esos 11
símbolos que rompen la paleta y la composición, sé que habrán de acompañarme el
resto de mi vida, te retiras nuevamente y muestras tu sonrisa satisfecha,
presiento que dejaremos de vernos y un sentimiento de tristeza me asalta, no te
vayas, al menos dime quien eres, por favor.
domingo, 13 de octubre de 2013
Medellín
Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.
Emile Cioran
Llegas a la plaza
Botero, en el centro de Medellín, las mujeres gordas llaman tu atención,
especialmente aquella que recostada tiene un espejo diminuto que refleja una
imagen eterna, cumpliendo el sueño de los hombres, detener las huellas del
tiempo en rostro y cuerpo.
El descaro de sus
formas te hipnotiza, sales del trance cuando percibes a tu lado a un mimo que sigue
tus posturas y gestos, lo pones a prueba, te acercas a la escultura, la tocas,
comienzas el viaje por uno de sus pies, como lo haría un amante, paseas tus
yemas apenas haciendo contacto, extrañas la piel de gallina que el efecto casi
siempre surte, tu espejo viviente te sigue, fiel, observas en su rostro la
concentración del tuyo, continúas, te detienes en aquellos espacios que son tus
favoritos, como si estuvieran solo tú y ella en una oscura habitación de hotel,
algunos curiosos observan la escena donde un hombre y su sombra acarician una mujer
desnuda al alcance del pueblo.
Caminas una de esas
calles peatonales donde las personas andan sin rumbo fijo, por el solo placer
de mover las piernas, te encuentras con mujeres de todas las edades que tienen
el mismo oficio, algunas, discretamente, sostienen tu mirada, otras, más osadas,
te sonríen en una invitación franca a disfrutar de los placeres de la carne.
Entras en un
pequeño restaurante, pides una Club Colombia, siempre bebes lo que la casa
produce, no importa en donde te encuentres, estudias una guía turística
tratando de planear el resto de tu día, Te llama la atención el metro-cable que
promete vistas maravillosas de la ciudad, sobre todo al caer la tarde; te
distrae un hombre que te ofrece una bolsa de frutas amarillas por solo tres mil
pesos, piensas rechazarla cuando un viejo, sentado a tu lado, te dice que son uchuvas, se venden en Europa bañadas en
chocolate como “exotic dessert” a 100 veces el precio que le ofrecen, lo mejor
es acompañarlas de un antioqueño de tapa azul, dice, fiel a tus costumbres,
decides comprar pidiendo además una copa del licor de referencia, al pagar la
fruta, el hombre sonríe mostrando una dentadura amarilla, como las de los
mineros de Mapimí en el norte de México.
Siguiendo las instrucciones
del viejo, partes una de las uchuvas, la bañas con limón, apuras el antioqueño
y pasas a comer la fruta, delicioso, te encantan estos momentos, descubrir
coincidencias culturales, te recuerdan el rito del tequila con sal y limón.
Conversas con el viejo,
mientras lo escuchas, llama tu atención al fondo del local una mujer madura de
edad indefinible, con unos labios carnosos pintados de un rojo intenso, el
viejo descubre el punto de tu interés, es una puta, dice, nadie sabe quién es
pero siempre viene acá, sonrío, el negocio del amor no conoce épocas ni
fronteras.
Camino hacia el
metro, me siento diferente, el efecto del licor tal vez, lo descartas, solo fueron
dos antioqueños y una colombiana, aunque las uchuvas te las comiste casi todas,
estaban buenísimas, imaginas que tal vez produzcan un efecto que agudiza tus
sentidos, sonríes, tomas la dirección Niquía.
En el trayecto se bordea el río Medellín, te das cuenta que es ahí donde viven
los parias de esta parte de la tierra, tratas de imaginar una vida como esas, aunque
sabes que por más que te esfuerces, estarás lejos de las realidades lastimosas
y lacerantes para quienes las viven y para quienes nos acostumbramos a convivir
con ellas.
Me bajo en la
estación Acevedo y me dirijo a Santo Domingo para tomar el metro-cable
recomendado, se trata de un teleférico como los que hay en algunas ciudades
como Zacatecas o Durango, con la diferencia que en lugar de uno o dos carros
acá son muchos más, es de transporte público, los carros suben y bajan la
montaña cíclicamente con un sistema muy ingenioso de frenado en las terminales
para que las personas puedan subir o bajar con el carro en movimiento. Cuando
compras tu boleto la chica te dice que todos están bajando, que si subes no te
puedes quedar arriba ya que el tren está por cerrar, le dices que eres un
turista y que solo quieres ver la ciudad desde lo alto, como dice el librito,
le prometes que no bajarás en la cima y que seguirás de regreso, te sonríe, son
cuatro mil pesos, dice.
Subes a la cabina, los
carros están muy limpios, la verdad es que el metro en esta ciudad es de primer
nivel, te da gusto, cualquier logro latinoamericano lo sientes como propio,
aunque también cualquier agravio, el balance no siempre es positivo.
Como dijo la chica,
eres el único que sube, todos bajan, un terrible sopor te abraza, piensas que
las uchuvas te han pegado. Después de
20 o 25 minutos llegas a la cima, el camino es espectacular, estas contento,
bajas un momento para lanzar alguna foto cuando un guardia te dice que ya debes
regresar, el metro está por cerrar, y no admitirán más pasajeros, accedes,
tomas el carro de regreso, vuelves a estar solo, no puedes mantener los ojos
abiertos a pesar de la majestuosidad del Medellín iluminado, te recuestas,
cansado.
Despiertas,
nuevamente hacia arriba, te pasaste, es de noche y constatas en los carros de
enfrente que nadie baja más, te da frío, buscas en tu mochila alguna chamarra
aunque sabes que no la encontrarás, los hombres del desierto casi nunca las
necesitamos. Tratas de mantenerte despierto cuando el carro se detiene,
alcanzas a ver que estás en la torre 18 entre las estaciones Santo Domingo y Arví. Sopesas tu situación, el servicio se reanudará hasta la
mañana, los sonidos de la noche, del campo de abajo te alcanzan, aves, insectos
y el viento, te acurrucas en un rincón dispuesto a dormir, si el frío te lo
permite, piensas.
Un dolor de cuello
te despierta, te incorporas en el asiento, los sonidos de la noche te reciben,
tus pupilas se dilatan en uno de esos maravillosos mecanismos de adaptación que
los hijos de la naturaleza tenemos y que la tecnología trata de emular en los
nuevos tiempos, es ahí, cuando te das cuenta que no estás solo, un escalofrío
recorre tu espalda mientras a tu lado una mujer madura de edad indefinible, con
unos labios carnosos pintados de un rojo intenso te mira fijamente.
miércoles, 31 de julio de 2013
Amor en Santiago
Por fin llego a Santiago, a 1000 kilómetros de la Habana, una ciudad que nació en los albores de 1500, la primera
capital Cubana que tuvo además por primer alcalde a Hernán Cortés, el
conquistador que desde allí emprendiera su cruzada para someter al emperador
Moctezuma, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Desde hace mucho quería
venir, el festival del Caribe resultó una magnífica oportunidad para hacerlo en
un ambiente festivo, rodeado de teatro, baile, pintura, música y especialmente de
las letras, quienes desde niño me han cautivado, en algún momento se volvieron mis
amantes silenciosas, siempre fieles, nunca me han negado una caricia, ni aún en
mis noches mas oscuras.
El saberme
en la Cuba de los Eliseos, Diego y Alberto termina por conmoverme, recuerdo
aquel texto donde Lichi narra una vieja historia de amor entre Laura Marx y Pablo Lafargue, el Santiaguero, el suicidio
anunciado con cianuro de potasio como vehículo liberador de años viejos, donde
el olor a almendras amargas me pegó de lleno un jueves por la mañana mientras un
abrazo suave y eterno los acompañaba al otro lado de la vida.
La
música me sigue a cada paso, en cada esquina, me asalta en cada rincón, los
cuerpos vecinos se mueven en franca autonomía al ritmo de guitarras y tambores,
como siempre, las mujeres me llaman, sus cuerpos, sus movimientos, sus gestos
roban mi atención, me gusta observarlas cuando bailan, imaginar como es posible
que muevan la cadera con esa cadencia circular, como desarticulada del resto
del cuerpo, mientras, al mismo tiempo, brazos, piernas, hombros, miradas te
retan a seguir esa indescriptible sincronía que se habla de tu con los ritmos
nacidos en otro continente, uno negro, cuna de todos los instintos y placeres.
Los pasos
me llevan a la casa del Caribe, una exposición de diversas deidades con poderes
e influencias diferentes me espera, el sincretismo del catolicismo español y la
cultura africana presenta a sus hijos pródigos, Babalú Aye, Changó, Agayú Sola
y muchos otros, una mulata con vestido anaranjado me persigue mientras paseo
por el recinto, termina por ponerme nervioso así que decido enfrentarla, le
pregunto que desea, sonríe, muestra unos dientes amarillos en una mueca que
pretende ser una sonrisa, la peluca rubia contrasta con su tez negra dándole un
aspecto que mueve a risa, eres mexicano, sentencia, lo se, le digo; los cubanos
pueden identificar las nacionalidades de las personas por su forma de andar, de
moverse, de comportarse, aún antes de escucharlos. Te leo las cartas, afirma, sé
que no me la quitaré de encima así que decido darle los 5 CUCs que me pide por
el servicio. Nos sentamos en un rincón, saca unas cartas de Tarot que se
deshacen de viejas, reflexiono por un momento cuantas decisiones habrán han salido
del mazo de naipes que la mulata revuelve frente a mi.
Eres una
persona de buenos sentimientos, harás amistades nuevas en este viaje, alegría
para ti y tu familia, ¿me entiende?, hay una persona que te hará pasar momentos
desagradables por un dinero, eres muy confiado, no debes entregar dinero a
nadie porque no te van a pagar, ¿me entiende? ¿me esta escuchando?, una persona
le va a pedir dinero prestado, alguien
de su familia, no le debe prestar, alegría para ti, la vida te da un cambio muy
exitoso de un día para otro, hay que mantener la calma siempre, prestigio
social, siempre vas a estar hablando con muchas personas, no digamos que eres
una persona muy inteligente pero tienes un talento que llama la atención y la
gente te rodea, captas con facilidad las cosas, ¿me entiende?, mucha gente
depende de ti, eres una gente totalmente independiente, tiene que ser selectivo
con las amistades, la gente te envidia por tu talento, ¿me entiende?, es mejor
para ti no hablar, tratar de pasar desapercibido, mantener la boca cerrada, voy
a hacer una maestría, callado, voy a iniciar un negocio, callado, porque si
hablas lo haces en un sentido bueno pero se va a tomar como malo, tienes que
tener en tu casa muchas flores blancas, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu
santo, no te pueden faltar las flores a ti, en estos días, acá, conocerás al
amor de tu vida, se trata de una mujer negra, te enamorarás perdidamente, dejaras
todo por ella, la llevarás a vivir contigo porque solo ella te hará feliz, ¿me
entiende?, me escucha, tendrá mucho éxito con respecto al amor, tu tienes
suerte, muchas personas se molestan por tu suerte, por eso te digo que no
hables mucho, alguien en tu familia le duelen las piernas, debe tomar
vitaminas, hasta tu puedes padecer de eso, te gusta aprender, escuchas mucho, ¿
me entiende? , eso te da éxito, ¿me escucha?.
De vuelta
al hotel saco un habano, inicio el protocolo, lo corto, lo pongo en mi boca,
saco un cerillo y lo acerco al borde, doy vuelta al puro buscando una prendida
uniforme mientras chupo y suelto en repetidas ocasiones, la llama baila frente
a mis ojos mientras cambia de color, el tabaco enciende, me gusta sentir como el
humo acaricia mi lengua, el paladar, resistir la tentación de aspirarlo y
llevarlo a mis pulmones si no quiero acabar vomitando como hace años mi hermano
y luego soltarlo, poco a poco, sentir que roza mi nariz y resistiendo de nueva
cuenta la tentación de aspirarlo en lo que pudiéramos llamar una fumada
reciclable.
El séptimo
mojito me tiene eufórico, toda parranda tiene el comportamiento de una curva de
distribución normal y ahora me encuentro en la cima, adoro esta sensación, supongo
que muchos alcohólicos decidimos serlo por vivir estos breves momentos de exaltación
donde nos sentimos los dueños del mundo, en la penumbra del ambiente descubro a
una mulata guapísima, se por experiencia que el alcohol embellece a las
personas, he despertado muchas veces con mujeres francamente feas que en la víspera
me parecían hermosas, sopeso esa realidad y decido que en esta ocasión mi visión
es verdadera, tiene ojos claros y mirada tierna, hipnotizado me dirijo a su
mesa sin importarme lo que piense el hombre a su lado, lo ignoro y la invito a
bailar, acepta. Me muevo como un perfecto robot de los imaginados por Asimov en
su primera generación, mi incapacidad corporal se acentúa al lado de esta diosa
del movimiento donde su cadera ha venido a sustituir al aburrido reloj de
cadena en la entrada al trance hipnótico. Es ahí, en ese preciso momento cuando
la música parece apagarse dando paso a las palabras de la Santera “conocerás al
amor de tu vida, se trata de una mujer negra, te enamorarás perdidamente, dejaras
todo por ella, la llevarás a vivir contigo porque solo ella te hará feliz”. Aunque eres un escéptico en esas suertes
adivinatorias, la mujer que tienes enfrente, esa que te ha embrujado con solo
verla te hace considerar que la mulata tenía razón, sientes una necesidad espontánea
de llevarla contigo, a la calle, a tu hotel, a tu país, a tu vida.
Has perdido
todo, familia, trabajo, ahorros, te ves derrotado al final de la novela, una
vez mas te encuentras ebrio, entre el humo del tabaco y los sopores del alcohol
la única certeza que tienes es que tu futuro acaba ahora, con esta botella. Ahora
te explicas las reacciones de todos, tantas preguntas, que si estabas loco, que
le veías a esa mujer, que te pasaba y a ti, nada te importaba, no lo entendías,
hasta ese día, cuando se despidió de ti y se largó a Miami, fue entonces que
pudiste verla tal y como era, con unos dientes amarillos en una mueca que pretendía
ser una sonrisa, la peluca rubia contrastando con su tez negra dándole un
aspecto que movía a risa.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Beijing´s Silk Market
Hay una oferta para cada demanda
Florence Scovel
La guía nos explica que tengamos cuidado con
lo que compramos, hay imitaciones separadas por clases, es decir, algunas muy buena
calidad, cercana al original y otras muy pobres; nos dice también que en el
Silk Marquet, como casi en todo China, el regateo es parte del protocolo de
compra venta.
Se trata de un edificio de 6 pisos donde
encuentras de todo, como en nuestro Tepito mexicano, Los pisos repletos de las
mercancías mas variadas para todos los gustos, un ejercito de vendedores te espera,
comienzan hablándote en inglés pero no tardan en darse cuenta que eres latino,
es entonces que la palabra “amigo” nos acompaña toda la tarde buscando llamar
nuestra atención.
Apenas entras cuando se te acerca una chica
en sus 20s, le sonríes, error, te toma del brazo y te quiere arrastrar hasta su
local para mostrarte su mercancía, te resistes, le dices en español y en inglés
“no, gracias” pero ella insiste, aquello se vuelve un forcejeo donde tratas de
mantenerte firme sin lastimarla en el jaloneo, hasta que uno de tus amigos
prácticamente te rescata de sus garras, cuando al fin te sueltas, sales a paso
veloz en otra dirección, te fijas de que pasillo se trata para no volver a
pasar por ahí.
Te acompañan dos camaradas, Alejandro y Abel, te parece una buena idea hacer juntos el
recorrido en un sitio que se rige con sus propias reglas. Coincidimos en que
necesitamos una maleta pequeña para nuestro viaje de regreso, además ahí
podremos guardar lo que compremos.
Preguntamos por algunos modelos, Abel suelta
su primer ¿how much? de la tarde, un chico y un par de muchachas nos atienden,
con unas cuantas palabras en inglés por parte de ambas partes es suficiente, el
regateo lo hacemos mediante una calculadora, ellos teclean, nosotros tecleamos,
vienen los reclamos por parte de los vendedores en un idioma que se habla
fuerte y donde por el lenguaje corporal mas que por lo que escuchas entiendes
su posición, “codo, codo” te espetan, tu solo sonríes y amagas con salir de la
tienda, te jalan, regresas, teclean, tecleas, compras.
De 950 Yuanes queda en 250 cada maleta, buen
trato para todos, lo entiendes en la amplia sonrisa que una de las chicas te
dedica cuando sacas la plata.
Definimos a nuestro negociador, consumado maestro
del regate con capacidad de leer cuando se debe seguir forzando y cuando parar.
Antes de entrar, nos ponemos de acuerdo si a alguien le interesa algo de esa
tienda, ofrecer comprar doble o triple es una estrategia poderosa.
El primer golpe es contundente, ofrecer el
10% del precio que nos ofrecen, invariablemente el vendedor se altera y se da
cuenta que tiene frente a si a un posible cliente, pero del tipo desalmado que
le exigirá poner en práctica sus mas avezadas dotes para vender sin perder.
Los vendedores son insistentes, agresivos,
los pasillos se llenan de gritos, muchos gesticulan por llamar tu atención, cada
local tiene una raya amarilla pintada en el piso sobre la entrada, parece ser
una regla el que los vendedores no la sobrepasen, después te das cuenta que en
los pasillos hay instaladas cámaras que vigilan.
Pasamos la tarde, Uno de mis amigos se
enamora por cinco minutos de una chica con un nombre impronunciable que se hace
llamar Ice Cream, piel blanquísima, ojos y cabellos negros de acuerdo al
prototipo de la belleza de esas latitudes. Ahí la estrategia de compra se va a
la mierda, no pretendemos importunar el estado de la mujer, seguimos apostando
por no borrar la sonrisa que nos regala, todos compramos al primer precio, bah.
Como buenos consumistas, llevamos cosas que
no necesitamos, ya para salir entramos a un local atendido por tres preciosas
muchachas, una de ellas te toma de la solapa, retira tu bufanda, la alisa, te
la vuelve a poner mientras te acomoda de nueva cuenta el saco, “handsome” te
dice mientras toca tu pecho, siente el bulto de tu cartera, “mucho dinelo”
dice, sabes perfectamente que esa es su estrategia de venta, atraer a los
varones, coquetear y vender a toda costa, se te acerca peligrosamente, es una
niña, piensas, das dos pasos atrás mientras sus ojos rasgados te siguen, logras
romper el contacto visual y alcanzas a escuchar como tu líder negociador, vencedor
de mil batallas, el inconmovible ya no regatea, al contratrio, paga 100 Yuanes por
una prenda de 20 dejando además la mercancía, joder, los héroes también pueden
ser vencidos, sales de la tienda.
Te encuentras con Alejandro, te dice que
quiere ver los relojes, te pide lo acompañes, de acuerdo, aún nos quedan 20
minutos para tomar el autobús, nos dirigimos al 4º piso, entra en uno de los
locales, lo atiende un varón y dos chicas, tu lo esperas afuera observando
otros aparadores, en un momento escuchas fuertes gritos, te asomas y ves a tu
camarada en un rincón con los vendedores rodeándolo, no lo dejan salir, se
cruzan nuestras miradas y percibes un dejo de angustia en la suya, entras y
tocas el hombro del varón, lo percibes agresivo, tal pareciera que una vez que
entraste a su tienda le tuvieras que comprar a huevo. Alejandro trata de
avanzar a la salida pero una de las chicas lo toma del brazo, mi amigo jala con fuerza y golpea con el codo a la otra chica, su rostro se baña de
rojo mientras grita, el chino empuja a mi amigo, quien cae en un aparador, el
ruido de cristales rotos inunda el ambiente, cuando se dispone a golpearlo, lo
agarro por la espalda con todas mis fuerzas, el maldito chino se tira al piso y
se me escurre, siento un golpe en la cabeza, se me nubla la vista, gritos, desde
el suelo alcanzo a ver como nos tunden a patadas, alguien apaga la luz.
sábado, 2 de marzo de 2013
Habana
Si, al aeropuerto por favor, pego mi rostro al cristal del auto y me
despido de esta ciudad, de la brisa con sal de su malecón, de sus olas enormes
que se estrellan en el Morro, de los otrora cañones que adornan las calles, del
capitolio y su ironía, del Granma, de los mojitos, del Capri y sus mujeres de
traseros erguidos, del Partagras, del Gato Tuerto y sus boleros, del café, de
la Casa de la Música y sus ritmos, de la Casa de las Américas y sus letras, de
las cervezas Cristal y Bucanero, del aromático Cohiba, de las santeras vestidas
de blanco, del Tropicana y sus bailes, del Habana libre y la historia en sus
muros, de la guagua, de la gasolina rica en plomo, de los museos y sus
restauraciones, de la casa Guayasamín con sus Fideles, de las callejuelas y sus
miradas furtivas, de sus olores, de su gente.
Llegamos, mientras espero en la fila, no resisto la tentación de verle el
trasero a una joven que está delante de mi, es hermosa, un taco de ojo no le
hace mal a nadie, decido distraerme en una lectura que cuenta las andanzas del
mafioso Mayer Lansky en esta tierras. Me llaman, documento el equipaje y me
dispongo a matar las tres horas de espera a golpe de recuerdos cercanos, tomo
un asiento y me desparramo, cierro los ojos dispuesto a iniciar un ejercicio de
reflexión y síntesis de la experiencia, lo que habré de recordar por siempre.
Me remonto a mi llegada, mientras esperábamos pasar por migración, un policía
vestido de civil buscaba en la respuesta de unos viejos que solo hablaban
inglés, razones ocultas al placer de solo viajar, me pareció exagerado el
interrogatorio, se trataba de un policía atrapado en los tiempos del recontra
ultra espionaje de la guerra fría.
Recuerdas tu turno frente a la oficial de inmigración, fue ahí, que viste por
primera vez la puerta cerrada, esa que solo se abrió cuando ella verificó que
eras un turista mas, hiciste un comentario que a cualquier otra mujer le
hubiera arrancado una sonrisa, pero la mulata no estaba para bromas, recibiste
un ceño fruncido y una especie de reprimenda como respuesta, de inmediato te
arrepentiste. Mientras te volvías de nuevo un hombre aburrido, llenó un
formulario y dándote una ultima mirada oprimió el botón que te abrió la puerta
a la Habana.
Esperaste tu equipaje, la maleta tardaba en aparecer, no te importaba, estabas
respirando el aire de la tierra de Martí, de Silvio y Pablo, versos y guitarras
que marcaron tu juventud, tierra donde Ernesto alcanzó las alturas de ícono
revolucionario.
Se te antoja un cigarro, los minutos parecen haberse detenido en esta sala de
espera, nunca te han gustado, te meten en un estado de nerviosismo donde el
humo del tabaco es lo único que parece calmarte, volteas y ves un letrero que
prohíbe fumar.
Para tranquilizarte cierras los ojos, recuerdas tus años de juventud, los
debates, cigarros, las críticas al partido dominante, cervezas, las marchas de
apoyo al pueblo nicaragüense en la glorieta de los Insurgentes. Te descubres
suspirando con esa sonrisa del pasado mientras las palabras de Salvador Allende
vienen a tu memoria “Ser joven y no ser revolucionario, una contradicción hasta
biológica”, casi en automático, en voz inaudible repites la cita que no habían
tocado tus labios en décadas, “las dictaduras engendran revoluciones”. Recordando
sombras de la historia ves a Díaz en México, a Pinochet en Chile, a Stroessner
en Paraguay, a Somosa en Nicaragua, a Duvalier en Haití, a Trujillo en
Dominicana, a Noriega en Panamá, todos interpretaron la lección a su manera,
“milicos del mundo, uníos”. Irremediablemente la reflexión te lleva a Fidel, el
sempiterno Fidel.
Vuelves a tu ensueño, te hospedaste en la Habana vieja, cogiste la mochila y
saliste a la calle, después de rechazar a los choferes de taxis que no
entendían tu vicio por caminar te sumergiste en esas calles de edificios
grises, vestidos de hollín y de tiempo, el único color que ostentaban era el de
la ropa tendida al sol de sus ventanas y balcones. La ciudad de las columnas de
Carpentier te recibía, los vitrales de abanico rojos, azules o amarillos con
huesos de plomo o de madera te saludaban, la música en los pequeños rincones te
asaltaba y tú, que siempre has sido un tronco para el baile, te movías
discretamente, provocando la risa de quien te veía, siempre había alguien
observando.
Nunca viste tantos autos clásicos juntos, algunos impecables, de colección en
otras partes del mundo, un collage tecnológico del siglo pasado, carrocería
americana, transmisión alemana, carburador checoeslovaco, suspensión soviética,
los hermanos cubanos se adaptaron al bloqueo del tío Sam y se volvieron los
padres del ingenio, resolvieron las carencias con lo que tenían, lo fabricaron,
lo repararon, lo ajustaron, lo utilizaron.
Caminaste por las calles de una de las primeras ciudades de la conquista, te
preguntas como luciría en aquel tiempo, cuando la poderosa España y su iglesia,
eran dueños de la tierra, de los mares, de los hombres y de las almas de los
hombres.
Cuando llegaste a la plaza de la revolución, un imponente Martí te sonrió… Yo soy un hombre sincero de donde
crece la palma y antes de morirme quiero echar mis versos del alma… Yo vengo de
todas partes y hacia todas partes voy: Arte soy entre las artes y en los montes
monte soy. Guardaste
silencio, a 120 años de su vida, le rendiste homenaje a un hombre que
trascendió su tiempo y su espacio.
Parece que te dormiste, abres los ojos, dos chicas y un joven están frente a
ti, una de ellas es la cubana que te gustó en la fila de documentos, te tocas
el rostro y tratas de ahuyentar al sueño frotándolo con fuerza, sin querer
escuchas su charla, los percibes nerviosos, se preguntan porque tardamos tanto
en salir, la verdad es que estamos a tiempo, una de ellas aprieta el boleto de
avión, como si su futuro dependiera de ello, te das cuenta que por primera vez
salen de la isla.
Mencionan algo de un decreto, si, ahora lo recuerdas, lo leíste casualmente en
el diario oficial, la política para salir de la isla para los cubanos que no
son ni atletas, ni militares, ni diplomáticos, se suavizó. La nueva ley ya no
exige la carta de invitación y tampoco la autorización del estado para salir,
me parece que se requiere una autorización del responsable del centro de
trabajo donde se labora, tiene que ver con el control de la fuga de cerebros,
si, ya recuerdo.
Vuelvo, una de las chicas transmite ansiedad, le sonrío, trato de imaginar la
realidad que está sintiendo, me regresa el gesto, me sostiene la mirada,
estamos así algunos segundos que me parecen eternos, sus ojos verdes son como
imanes que no permiten que me aparte, una capa de humedad les atenúa el brillo,
poco a poco, comienza a llorar, es un llanto silencioso, discreto, las lágrimas
bajan por sus mejillas, aunque
sigue sonriendo denota una profunda congoja, miro su mano, sus nudillos
están blancos, el boleto ha perdido su forma, yo, por mi parte, sigo
hipnotizado en el contacto, las palabras que conozco me abandonan, en un acto
solidario mis ojos se humedecen también, me parece que si… su futuro depende de
ello.
lunes, 28 de enero de 2013
Chiapas
Fragmento de obra de Ricardo Carpani
Llegas al hotel después de 18 horas de viaje, lo
único que quieres es bañarte y dormir hasta donde sea posible, la cabaña tiene
lo necesario para descansar, es decir una cama, el baño es compartido, lo que
te gustó es que está en medio de la selva lacandona en el corazón de Chiapas,
México.
Después de refrescarte te recuestas, para un hombre
del desierto resultan sumamente inquietante el sonido de la selva, ruidos
desconocidos bañan el ambiente, la ventana permite entre el negro selvático ver
un poco del cielo estrellado, piensas en los antiguos estudiando este mismo
cielo, en este mismo lugar.
A mitad de la noche un grito parecido a un aullido te
despierta, cuando cobras conciencia estás de pie con la respiración agitada,
intentas tranquilizarte pensando que se trata de una pesadilla cuando el grito
se presenta de nueva cuenta, viene de afuera aunque es tan fuerte que pareciera
salir de tu misma habitación, enciendes la luz, asustado, pensando de que
animal puede tratarse, debe tener una caja torácica importante, a partir de
entonces un concierto de gritos anula todos los demás sonidos, terminas por
acostumbrarte, te recuestas y finalmente te duermes, el mono aullador te ha
dado la bienvenida.
Mientras desayunas unas galletas y un café, se te
acerca un lugareño, su frente delata su linaje, ese que has visto en las referencias
mayas que has consultado. Te dice que ha organizado una caminata por la selva
hasta llegar a un lago y te promete el avistamiento de aves, reptiles, monos,
parajes y unas cascadas que poca gente conoce, baño incluido, diez horas ida y
vuelta, no hay tarifa, lo que le quieras dar. Su mirada limpia y sonrisa franca
de inmediato te conquistan, tomas tu mochila y decides sumarte al grupo, desde
hace años estás convencido de que el azar no existe y este paseo habrá de ser
parte de tu experiencia.
Nos adentramos en la selva, solo quedamos la jungla
y nosotros, Juan al frente de un grupo de ocho en línea, yo, como siempre me
coloco al final, me gusta observar a las personas y la retaguardia es una
posición privilegiada para el efecto. Hay una vereda que nos permite avanzar
casi sin utilizar el machete, todo un espectro de verdes, marrones y amarillos
nos rodean, comienza a llover suavemente y el olor a selva húmeda acaricia
nuestros sentidos, levanto la vista, el efecto de las gotas atravesando las
copas es alucinante. Ocasionalmente Juan levanta el brazo para indicar un
avistamiento, es importante hacer el menor ruido al acercarnos.
Hemos visto bichos de todos los tipos, aves,
insectos, lagartos, culebras y ranas que se mimetizan de tal manera que parecen
hojas, ramas o lianas hasta en su mas mínimo detalle, si no fuera por Juan y su
ojo entrenado el resto de nosotros caminaríamos prácticamente sobre ellos sin
darnos cuenta.
Después de tres horas de camino llegamos a una
cascada de un color azul claro, Juan nos explica que la coloración del agua se
debe a las sales de carbonatos que lleva disueltas. Es momento de descansar,
nos sentamos a la orilla del río, saco de mi mochila una lata de atún y unas
galletas, me tumbo a fumar un cigarro, desde hace rato ha dejado de llover y
ahora el cielo está limpísimo, me entretengo buscando formas en las nubes o en
los árboles que nos rodean, el grupo se encuentra relajado, algunos decidieron
entrar al agua, otros se separan, seguirán explorando, Juan recomienda no
alejarnos demasiado, en dos horas emprenderemos el regreso.
Después de un rato solo estamos Juan y yo, lo
observo, come algo, que es, pregunto, hongos, pruébalos me dice, te ayudarán, los
cuenta, son ocho, me llevo uno a uno a la boca, tienen un sabor ligeramente
amargo, están buenos.
Te descubres caminando a la orilla del río, traes en
tus manos el snorkel que no recuerdas haber sacado de la mochila, tampoco sabes
a que horas te quitaste la playera pero te sientes bien, en paz. En un recodo
del río encuentras un bulto de ropa, descubres una prenda roja y deduces que es
de la chica albanesa que viene en el grupo. Te desnudas, te parece de lo más
normal el hecho de querer bañarte con ella, no te importa que venga acompañada.
El agua fría aguijonea tus plantas, sube por tus
pantorrillas y muslos, cuando llega a tus genitales un acto reflejo te detiene
pero enseguida otro pensamiento te dice, ya estás acá y te metes de golpe,
sabes que tienes que moverte con vigor para entrar en calor, recuerdas tus
clases de termodinámica y casi puedes ver la transferencia de calor entre los
cuerpos, del mas caliente, en este caso el tuyo al de las sales de carbonato
disueltas.
Decides nadar hacia la pequeña cascada, te das cuenta
que a pesar de tus esfuerzos no consigues acercarte, el ejercicio te quita el
frío que al final solo se trata de un estado mental. Te impones el reto de
sentir esa fuerza sobre tu espalda, te agarras de un tronco horizontal que está
al nivel del agua para poder acercarte, te tienes que sumergir para aparecer al
otro lado, la fuerza del agua es impresionante, no la imaginaste así cuando decidiste
sentir su caída a los 8 metros, como si hubieras firmado un contrato en el que
te fuera la vida, la necesidad de cumplir tu objetivo se vuelve poco menos que
apremiante, sabes que nadando nunca podrás llegar, te ayudas de unas ramas,
sacas la mitad de tu cuerpo del agua y con las dos piernas preparas un salto
hacia la base de la cascada, percibes entre la brisa, el estruendo y la espuma
a la pareja de albaneses que, al fondo, observan tu maniobra, encoges tus
piernas, cierras los ojos, llenas tus pulmones de aire y en un movimiento
firme, te impulsas con todas tus fuerzas, de espaldas hacia la pared de agua.
Cuando el golpe de agua te recibe, te sientes a
merced del elemento y tus 78 kilos parecen dejar de serlo cuando la fuerza de
la naturaleza te sumerge y te hace pasar en un segundo por debajo del tronco
para salir a flote sin un rasguño, cuando emerges sueltas un grito liberador
que envidiaría cualquiera de los monos que habita este lugar.
Descubres a los albaneses que te miran con
curiosidad, los dos sonríen, seguramente se preguntan que tipo de persona eres,
después de asimilar la experiencia, percibes al agua riquísima, vigorizante, te
diriges a la orilla y te pones el snorkel, siempre que hay agua de por medio lo
llevas, sabia decisión, te ha permitido disfrutar con plenitud de rocas,
tortugas, peces, colores y uno que otro cuerpo que nada junto al tuyo.
Ya relajado hechas un vistazo al ojo de agua, a
través del plástico en tu cara percibes a las rocas y plantas de tu alrededor
con una total claridad, inhalas y exhalas con plenitud ufffff juuuuu, el sonido
que ejerces con la fuerza de tus pulmones es lo único que escuchas, ufffff
juuuuu, el sentido de la vista pasan a ser el centro de tu atención ufffff
juuuuu, sabes que estas viviendo una experiencia que habrás de recordar por
mucho tiempo ufffff juuuuu, un movimiento en el fango llama tu atención, ufffff
juuuuu te diriges a ese espacio, donde se encuentran los albaneses, ufffff
juuuuu, ríen y juegan ufffff juuuuu, está buenísima, ufffff juuuuu, decides
descansar, intentas pararte, ufffff juuuuu, algo te lastima el tobillo ufff
juuu ufff juuu, te duele, el ardor se expande por tu pierna ufff juuu ufff
juuu, te sumerges a ver que pasa ufff juuu ufff juuu ufff juuu, no puedes moverte
ufff juuu ufff juuu ufff juuu, te quema, ufff juuu ufff juuu ufff juuu, buscas a
tu alrededor, los albaneses siguen jugando ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff
juuu ufff juuu ufff juuu, por fin la ves, se aleja, serpentea ufff juuu ufff
juuu ufff juuu, manoteas ufff juuu ufff
juuu ufff juuu, los albaneses ríen ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff
juuu ufff juuu.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Noche de muertos
La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos
Camilo José Cela
Como todos los inicios de los noviembres de tu vida
consciente, te diriges al pueblo a saludar a tu sangre muerta, desde niño
tus padres, sobre todo tu madre, te enseñaron a honrarlos. Una noche todos los
muertos de la familia se volvieron tuyos, aprendiste a dedicarles pensamientos
y oraciones, la primera noche del primer día del penúltimo mes.
Tomas el autobús, te sientas como siempre en el 18, tu número
favorito, para tu fortuna, el 17 lo ocupa una mujer, en sus treintas, de belleza
discreta, cuando te sientas voltea a verte pero apenas te mira, está
concentrada en un libro de fotografía, alcanzo a ver que es de Nan Golding, no
conozco mucho de su obra pero si de sus fotos inquietantes llenas de historias
obscuras.
Al fin salimos de la ciudad, para algunos citadinos el solo hecho
de meterse en un tráfico asociado a un puente largo inhibe cualquier intención
de abandonar los paisajes grises. A medida que el verde va ganando espacio en
la ventana, entras en un estado de paz agradable, como si todos tus problemas
estuvieran resueltos, cierras los ojos y te descubres sonriendo, reflexionas
que lo que te tiene feliz es imaginar tu llegada al pueblo, te gusta hacerlo
como ahora, sin avisar, tomando por sorpresa a toda la familia. Los imaginas
con los preparativos, las frutas, las velas, las fotografías, los cientos de
flores amarillas que siempre te han remitido al Mauricio Babilonia de Macondo,
el sombrero de fieltro del abuelo, el chal de la abuela, el pato que
manufacturó la tía, la copa de brandy, las gomitas, prendas que desde hace años
ocupan un lugar en el ropero, las ropas de los muertos que los vivos decidimos
guardar, para estos encuentros, para mostrarles el camino a casa.
Abres tus ojos, la mujer del 17 se ha ido, la buscas en los
asientos vecinos como si en realidad te hubiera abandonado, te recuerda a
alguien pero no alcanzas a ubicar de quien se trata, asumes que el haberla
visto con un libro de fotografía te predispuso a querer conocerla, casi nunca
dejas ir estas oportunidades, conversar con almas afines, te preguntas en que
momento se fue, debiste haberte quedado dormido, el sueño siempre ha
sido tu amigo, desde que tienes memoria.
Te encanta descubrir desde el camino las torres del pueblo, el
lugar donde te bautizaron y donde te vestiste de monaguillo a los ocho. Por fin
llegas, te bajas, desde hace años tu maleta es un morral, te gusta viajar
ligero. Recorres las calles, despacio, concentrado en pasos muy cortos,
tratando de ver, oler y escuchar todo lo que sucede, cualquier rumor, cualquier
movimiento, cualquier sombra, este ejercicio siempre te ha ayudado a cargar los
lugares a tu memoria. Reconoces algunos rostros y casas, observas a los chicos
que juegan pidiendo su calavera, ajenos por fortuna a las realidades globales,
a los jóvenes que coquetean y cortejan, o viceversa, a los viejos que rezan,
recuerdan y lloran a sus hijos, a los hijos que lloran recuerdan y rezan a sus
padres.
Las casas están vestidas de flores, descubres enormes altares en
pasillos y cuartos, el aroma de los tamales y del atole despierta tus recuerdos
mas lejanos.
Noche de muertos, es especial, se establece un canal directo al
Mictlán. Sabes que las ánimas de los hombres se alimentan de las ánimas de
los frutos, de los panes, de las bebidas, es el momento de compartir el pan y
el vino con ellos, hasta que un día, los alcancemos, como en aquella escena de
"Un hogar sólido" de Elena Garro donde, bajo ese contexto, la muerte
del ser querido es esperada impacientemente por los muertos, solo en México.
Por fin llegas, todo el pueblo está ahí, mientras buscas el
espacio de los tuyos reflexionas que la muerte es una de las pocas realidades
que en verdad es democrática, el maestro Posada, tenía razón.
Observas, la vigilia, el silencio, los recuerdos que los llaman,
el altar que les muestra el camino, los sonidos aleatorios a través de los
cuales nos contestan y nos dicen que aquí están, con nosotros, entre nosotros,
sonriéndonos, tomándonos de la mano o acariciando la cabeza de los mas
pequeños, los sentimos, aquí están.
Ves a tu madre, a tus hermanos, hijos y sobrinos alrededor de la
tumba familiar, el corazón te late con furia, te acercas en silencio esperando
sorprenderlos mientras rezan cuando una sombra llama tu atención, un escalofrío
te recorre la médula y sientes como se erizan los vellos en tu nuca, si, ahí
están los abuelos y la tía Susana, te saludan, muerto de miedo llamas a tu
madre, a tus hijos, parecen no escucharte, se acerca tu abuela, Adelita, te besa.
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