domingo, 17 de noviembre de 2013

El lienzo

  


 Amanece, la luz de Octubre me abraza por completo dejando mi pálida piel al desnudo, te observo por primera vez y siento como tus palmas resbalan por mi cuerpo, alisándolo, me gusta, podría acostumbrarme a tus mimos matutinos por siempre.

   No sé quién eres ni porqué llegaste a mí pero me gusta observarte, mi estructura sensorial de tres metros cuadrados me permite verte desde diversas perspectivas, la parte baja, media o alta, por un lado o por el otro. En ocasiones me permito concentrar todas las visiones en una sola, donde tus rasgos terminan por perderse y solo queda un espacio de luz cálido y difuso que me encanta descomponer una y otra vez en cada una de tus perspectivas. Así, en una maravilla del aprendizaje y autodominio, mágicamente voy y vengo de tu rostro al espacio de luz y de vuelta a tus manos, tu cuerpo, tu luz, tu color, tu aroma, tu luz.

   Te esmeras en cubrir mi piel con esos colores y brochas de diversos tamaños, hay ocasiones en que tu mentón y entrecejo se arrugan un poco, es ahí, cuando descubro ese gesto; que concentro todas mis miradas en una sola viéndote directamente a los ojos, fijamente, esperando te acerques lo suficiente para jugar al cíclope de Cortazar, o al menos lo necesario para veme en ti, en el reflejo de tu concentrada mirada y descubrir el nuevo tono de mi piel, las formas con que has decidido tatuarme de por vida, esperando que descubras mi presencia, que me sientas como yo te siento a ti amor, desde ese primer Octubre de mi vida, cuando me tocaste.

   La pintura cubre mis imperfecciones, en ocasiones pasas más de un tono por el mismo sitio, es como si no decidieras que ropa ponerme, no importa, al final siempre me cubres, me haces diferente. Hay un momento de tu técnica que anhelo y espero cada día, ese que acompaña al ruido de un compresor mientras un aire tibio comienza a acariciarme llenándome de cosquillas, me río a carcajadas mientras tú, seria y concentrada me ametrallas con ese aire colorido formando las grecas que tanto te gustan.

   Tengo tu atención, me gusta el hecho, sentir como me cuidas, como me transformo bajo tu influencia y tus colores y tu música y tu danza de libélula feliz. Me regocijo siendo el objeto que la lente de tu cámara enfoca cada tarde, documentando la transformación, juego a tratar de adivinar el momento preciso en que finalmente oprimirás el botón.


   Estoy vestido, sonríes, te alejas un par de metros y me observas detenidamente, tomas un pincel delgado, vestido de  verde y retocas mi frente, sonrío, te alejas, tomas de nueva cuenta ese pincel pero ahora bañado de negro, te concentras mientras lo apoyas en mi costado marcándome con esos 11 símbolos que rompen la paleta y la composición, sé que habrán de acompañarme el resto de mi vida, te retiras nuevamente y muestras tu sonrisa satisfecha, presiento que dejaremos de vernos y un sentimiento de tristeza me asalta, no te vayas, al menos dime quien eres, por favor.

domingo, 13 de octubre de 2013

Medellín


Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.
Emile Cioran 

Llegas a la plaza Botero, en el centro de Medellín, las mujeres gordas llaman tu atención, especialmente aquella que recostada tiene un espejo diminuto que refleja una imagen eterna, cumpliendo el sueño de los hombres, detener las huellas del tiempo en rostro y cuerpo.
   El descaro de sus formas te hipnotiza, sales del trance cuando percibes a tu lado a un mimo que sigue tus posturas y gestos, lo pones a prueba, te acercas a la escultura, la tocas, comienzas el viaje por uno de sus pies, como lo haría un amante, paseas tus yemas apenas haciendo contacto, extrañas la piel de gallina que el efecto casi siempre surte, tu espejo viviente te sigue, fiel, observas en su rostro la concentración del tuyo, continúas, te detienes en aquellos espacios que son tus favoritos, como si estuvieran solo tú y ella en una oscura habitación de hotel, algunos curiosos observan la escena donde un hombre y su sombra acarician una mujer desnuda al alcance del pueblo.
   Caminas una de esas calles peatonales donde las personas andan sin rumbo fijo, por el solo placer de mover las piernas, te encuentras con mujeres de todas las edades que tienen el mismo oficio, algunas, discretamente, sostienen tu mirada, otras, más osadas, te sonríen en una invitación franca a disfrutar de los placeres de la carne.
   Entras en un pequeño restaurante, pides una Club Colombia, siempre bebes lo que la casa produce, no importa en donde te encuentres, estudias una guía turística tratando de planear el resto de tu día, Te llama la atención el metro-cable que promete vistas maravillosas de la ciudad, sobre todo al caer la tarde; te distrae un hombre que te ofrece una bolsa de frutas amarillas por solo tres mil pesos, piensas rechazarla cuando un viejo, sentado a tu lado, te dice que son uchuvas, se venden en Europa bañadas en chocolate como “exotic dessert” a 100 veces el precio que le ofrecen, lo mejor es acompañarlas de un antioqueño de tapa azul, dice, fiel a tus costumbres, decides comprar pidiendo además una copa del licor de referencia, al pagar la fruta, el hombre sonríe mostrando una dentadura amarilla, como las de los mineros de Mapimí en el norte de México.
   Siguiendo las instrucciones del viejo, partes una de las uchuvas, la bañas con limón, apuras el antioqueño y pasas a comer la fruta, delicioso, te encantan estos momentos, descubrir coincidencias culturales, te recuerdan el rito del tequila con sal y limón.
   Conversas con el viejo, mientras lo escuchas, llama tu atención al fondo del local una mujer madura de edad indefinible, con unos labios carnosos pintados de un rojo intenso, el viejo descubre el punto de tu interés, es una puta, dice, nadie sabe quién es pero siempre viene acá, sonrío, el negocio del amor no conoce épocas ni fronteras.
   Camino hacia el metro, me siento diferente, el efecto del licor tal vez, lo descartas, solo fueron dos antioqueños y una colombiana, aunque las uchuvas te las comiste casi todas, estaban buenísimas, imaginas que tal vez produzcan un efecto que agudiza tus sentidos, sonríes, tomas la dirección Niquía. En el trayecto se bordea el río Medellín, te das cuenta que es ahí donde viven los parias de esta parte de la tierra, tratas de imaginar una vida como esas, aunque sabes que por más que te esfuerces, estarás lejos de las realidades lastimosas y lacerantes para quienes las viven y para quienes nos acostumbramos a convivir con ellas.
   Me bajo en la estación Acevedo y me dirijo a Santo Domingo para tomar el metro-cable recomendado, se trata de un teleférico como los que hay en algunas ciudades como Zacatecas o Durango, con la diferencia que en lugar de uno o dos carros acá son muchos más, es de transporte público, los carros suben y bajan la montaña cíclicamente con un sistema muy ingenioso de frenado en las terminales para que las personas puedan subir o bajar con el carro en movimiento. Cuando compras tu boleto la chica te dice que todos están bajando, que si subes no te puedes quedar arriba ya que el tren está por cerrar, le dices que eres un turista y que solo quieres ver la ciudad desde lo alto, como dice el librito, le prometes que no bajarás en la cima y que seguirás de regreso, te sonríe, son cuatro mil pesos, dice.
   Subes a la cabina, los carros están muy limpios, la verdad es que el metro en esta ciudad es de primer nivel, te da gusto, cualquier logro latinoamericano lo sientes como propio, aunque también cualquier agravio, el balance no siempre es positivo.
   Como dijo la chica, eres el único que sube, todos bajan, un terrible sopor te abraza, piensas que las uchuvas te han pegado. Después de 20 o 25 minutos llegas a la cima, el camino es espectacular, estas contento, bajas un momento para lanzar alguna foto cuando un guardia te dice que ya debes regresar, el metro está por cerrar, y no admitirán más pasajeros, accedes, tomas el carro de regreso, vuelves a estar solo, no puedes mantener los ojos abiertos a pesar de la majestuosidad del Medellín iluminado, te recuestas, cansado.
   Despiertas, nuevamente hacia arriba, te pasaste, es de noche y constatas en los carros de enfrente que nadie baja más, te da frío, buscas en tu mochila alguna chamarra aunque sabes que no la encontrarás, los hombres del desierto casi nunca las necesitamos. Tratas de mantenerte despierto cuando el carro se detiene, alcanzas a ver que estás en la torre 18 entre las estaciones Santo Domingo y Arví. Sopesas tu situación, el servicio se reanudará hasta la mañana, los sonidos de la noche, del campo de abajo te alcanzan, aves, insectos y el viento, te acurrucas en un rincón dispuesto a dormir, si el frío te lo permite, piensas.

   Un dolor de cuello te despierta, te incorporas en el asiento, los sonidos de la noche te reciben, tus pupilas se dilatan en uno de esos maravillosos mecanismos de adaptación que los hijos de la naturaleza tenemos y que la tecnología trata de emular en los nuevos tiempos, es ahí, cuando te das cuenta que no estás solo, un escalofrío recorre tu espalda mientras a tu lado una mujer madura de edad indefinible, con unos labios carnosos pintados de un rojo intenso te mira fijamente.

miércoles, 31 de julio de 2013

Amor en Santiago




          Por fin llego a Santiago, a 1000 kilómetros de la Habana, una ciudad que nació en los albores de 1500, la primera capital Cubana que tuvo además por primer alcalde a Hernán Cortés, el conquistador que desde allí emprendiera su cruzada para someter al emperador Moctezuma, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Desde hace mucho quería venir, el festival del Caribe resultó una magnífica oportunidad para hacerlo en un ambiente festivo, rodeado de teatro, baile, pintura, música y especialmente de las letras, quienes desde niño me han cautivado, en algún momento se volvieron mis amantes silenciosas, siempre fieles, nunca me han negado una caricia, ni aún en mis noches mas oscuras.
El saberme en la Cuba de los Eliseos, Diego y Alberto termina por conmoverme, recuerdo aquel texto donde Lichi narra una vieja historia de amor entre Laura Marx y  Pablo Lafargue, el Santiaguero, el suicidio anunciado con cianuro de potasio como vehículo liberador de años viejos, donde el olor a almendras amargas me pegó de lleno un jueves por la mañana mientras un abrazo suave y eterno los acompañaba al otro lado de la vida.

            La música me sigue a cada paso, en cada esquina, me asalta en cada rincón, los cuerpos vecinos se mueven en franca autonomía al ritmo de guitarras y tambores, como siempre, las mujeres me llaman, sus cuerpos, sus movimientos, sus gestos roban mi atención, me gusta observarlas cuando bailan, imaginar como es posible que muevan la cadera con esa cadencia circular, como desarticulada del resto del cuerpo, mientras, al mismo tiempo, brazos, piernas, hombros, miradas te retan a seguir esa indescriptible sincronía que se habla de tu con los ritmos nacidos en otro continente, uno negro, cuna de todos los instintos y placeres.

Los pasos me llevan a la casa del Caribe, una exposición de diversas deidades con poderes e influencias diferentes me espera, el sincretismo del catolicismo español y la cultura africana presenta a sus hijos pródigos, Babalú Aye, Changó, Agayú Sola y muchos otros, una mulata con vestido anaranjado me persigue mientras paseo por el recinto, termina por ponerme nervioso así que decido enfrentarla, le pregunto que desea, sonríe, muestra unos dientes amarillos en una mueca que pretende ser una sonrisa, la peluca rubia contrasta con su tez negra dándole un aspecto que mueve a risa, eres mexicano, sentencia, lo se, le digo; los cubanos pueden identificar las nacionalidades de las personas por su forma de andar, de moverse, de comportarse, aún antes de escucharlos. Te leo las cartas, afirma, sé que no me la quitaré de encima así que decido darle los 5 CUCs que me pide por el servicio. Nos sentamos en un rincón, saca unas cartas de Tarot que se deshacen de viejas, reflexiono por un momento cuantas decisiones habrán han salido del mazo de naipes que la mulata revuelve frente a mi.

Eres una persona de buenos sentimientos, harás amistades nuevas en este viaje, alegría para ti y tu familia, ¿me entiende?, hay una persona que te hará pasar momentos desagradables por un dinero, eres muy confiado, no debes entregar dinero a nadie porque no te van a pagar, ¿me entiende? ¿me esta escuchando?, una persona le va  a pedir dinero prestado, alguien de su familia, no le debe prestar, alegría para ti, la vida te da un cambio muy exitoso de un día para otro, hay que mantener la calma siempre, prestigio social, siempre vas a estar hablando con muchas personas, no digamos que eres una persona muy inteligente pero tienes un talento que llama la atención y la gente te rodea, captas con facilidad las cosas, ¿me entiende?, mucha gente depende de ti, eres una gente totalmente independiente, tiene que ser selectivo con las amistades, la gente te envidia por tu talento, ¿me entiende?, es mejor para ti no hablar, tratar de pasar desapercibido, mantener la boca cerrada, voy a hacer una maestría, callado, voy a iniciar un negocio, callado, porque si hablas lo haces en un sentido bueno pero se va a tomar como malo, tienes que tener en tu casa muchas flores blancas, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, no te pueden faltar las flores a ti, en estos días, acá, conocerás al amor de tu vida, se trata de una mujer negra, te enamorarás perdidamente, dejaras todo por ella, la llevarás a vivir contigo porque solo ella te hará feliz, ¿me entiende?, me escucha, tendrá mucho éxito con respecto al amor, tu tienes suerte, muchas personas se molestan por tu suerte, por eso te digo que no hables mucho, alguien en tu familia le duelen las piernas, debe tomar vitaminas, hasta tu puedes padecer de eso, te gusta aprender, escuchas mucho, ¿ me entiende? , eso te da éxito, ¿me escucha?.

De vuelta al hotel saco un habano, inicio el protocolo, lo corto, lo pongo en mi boca, saco un cerillo y lo acerco al borde, doy vuelta al puro buscando una prendida uniforme mientras chupo y suelto en repetidas ocasiones, la llama baila frente a mis ojos mientras cambia de color, el tabaco enciende, me gusta sentir como el humo acaricia mi lengua, el paladar, resistir la tentación de aspirarlo y llevarlo a mis pulmones si no quiero acabar vomitando como hace años mi hermano y luego soltarlo, poco a poco, sentir que roza mi nariz y resistiendo de nueva cuenta la tentación de aspirarlo en lo que pudiéramos llamar una fumada reciclable.

El séptimo mojito me tiene eufórico, toda parranda tiene el comportamiento de una curva de distribución normal y ahora me encuentro en la cima, adoro esta sensación, supongo que muchos alcohólicos decidimos serlo por vivir estos breves momentos de exaltación donde nos sentimos los dueños del mundo, en la penumbra del ambiente descubro a una mulata guapísima, se por experiencia que el alcohol embellece a las personas, he despertado muchas veces con mujeres francamente feas que en la víspera me parecían hermosas, sopeso esa realidad y decido que en esta ocasión mi visión es verdadera, tiene ojos claros y mirada tierna, hipnotizado me dirijo a su mesa sin importarme lo que piense el hombre a su lado, lo ignoro y la invito a bailar, acepta. Me muevo como un perfecto robot de los imaginados por Asimov en su primera generación, mi incapacidad corporal se acentúa al lado de esta diosa del movimiento donde su cadera ha venido a sustituir al aburrido reloj de cadena en la entrada al trance hipnótico. Es ahí, en ese preciso momento cuando la música parece apagarse dando paso a las palabras de la Santera “conocerás al amor de tu vida, se trata de una mujer negra, te enamorarás perdidamente, dejaras todo por ella, la llevarás a vivir contigo porque solo ella te hará feliz”.  Aunque eres un escéptico en esas suertes adivinatorias, la mujer que tienes enfrente, esa que te ha embrujado con solo verla te hace considerar que la mulata tenía razón, sientes una necesidad espontánea de llevarla contigo, a la calle, a tu hotel, a tu país, a tu vida.


Has perdido todo, familia, trabajo, ahorros, te ves derrotado al final de la novela, una vez mas te encuentras ebrio, entre el humo del tabaco y los sopores del alcohol la única certeza que tienes es que tu futuro acaba ahora, con esta botella. Ahora te explicas las reacciones de todos, tantas preguntas, que si estabas loco, que le veías a esa mujer, que te pasaba y a ti, nada te importaba, no lo entendías, hasta ese día, cuando se despidió de ti y se largó a Miami, fue entonces que pudiste verla tal y como era, con unos dientes amarillos en una mueca que pretendía ser una sonrisa, la peluca rubia contrastando con su tez negra dándole un aspecto que movía a risa.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Beijing´s Silk Market



Hay una oferta para cada demanda
Florence Scovel




   La guía nos explica que tengamos cuidado con lo que compramos, hay imitaciones separadas por clases, es decir, algunas muy buena calidad, cercana al original y otras muy pobres; nos dice también que en el Silk Marquet, como casi en todo China, el regateo es parte del protocolo de compra venta.

   Se trata de un edificio de 6 pisos donde encuentras de todo, como en nuestro Tepito mexicano, Los pisos repletos de las mercancías mas variadas para todos los gustos, un ejercito de vendedores te espera, comienzan hablándote en inglés pero no tardan en darse cuenta que eres latino, es entonces que la palabra “amigo” nos acompaña toda la tarde buscando llamar nuestra atención.

   Apenas entras cuando se te acerca una chica en sus 20s, le sonríes, error, te toma del brazo y te quiere arrastrar hasta su local para mostrarte su mercancía, te resistes, le dices en español y en inglés “no, gracias” pero ella insiste, aquello se vuelve un forcejeo donde tratas de mantenerte firme sin lastimarla en el jaloneo, hasta que uno de tus amigos prácticamente te rescata de sus garras, cuando al fin te sueltas, sales a paso veloz en otra dirección, te fijas de que pasillo se trata para no volver a pasar por ahí.

   Te acompañan dos camaradas, Alejandro  y Abel, te parece una buena idea hacer juntos el recorrido en un sitio que se rige con sus propias reglas. Coincidimos en que necesitamos una maleta pequeña para nuestro viaje de regreso, además ahí podremos guardar lo que compremos.

   Preguntamos por algunos modelos, Abel suelta su primer ¿how much? de la tarde, un chico y un par de muchachas nos atienden, con unas cuantas palabras en inglés por parte de ambas partes es suficiente, el regateo lo hacemos mediante una calculadora, ellos teclean, nosotros tecleamos, vienen los reclamos por parte de los vendedores en un idioma que se habla fuerte y donde por el lenguaje corporal mas que por lo que escuchas entiendes su posición, “codo, codo” te espetan, tu solo sonríes y amagas con salir de la tienda, te jalan, regresas, teclean, tecleas, compras.

   De 950 Yuanes queda en 250 cada maleta, buen trato para todos, lo entiendes en la amplia sonrisa que una de las chicas te dedica cuando sacas la plata.

   Definimos a nuestro negociador, consumado maestro del regate con capacidad de leer cuando se debe seguir forzando y cuando parar. Antes de entrar, nos ponemos de acuerdo si a alguien le interesa algo de esa tienda, ofrecer comprar doble o triple es una estrategia poderosa.

   El primer golpe es contundente, ofrecer el 10% del precio que nos ofrecen, invariablemente el vendedor se altera y se da cuenta que tiene frente a si a un posible cliente, pero del tipo desalmado que le exigirá poner en práctica sus mas avezadas dotes para vender sin perder.

   Los vendedores son insistentes, agresivos, los pasillos se llenan de gritos, muchos gesticulan por llamar tu atención, cada local tiene una raya amarilla pintada en el piso sobre la entrada, parece ser una regla el que los vendedores no la sobrepasen, después te das cuenta que en los pasillos hay instaladas cámaras que vigilan.

   Pasamos la tarde, Uno de mis amigos se enamora por cinco minutos de una chica con un nombre impronunciable que se hace llamar Ice Cream, piel blanquísima, ojos y cabellos negros de acuerdo al prototipo de la belleza de esas latitudes. Ahí la estrategia de compra se va a la mierda, no pretendemos importunar el estado de la mujer, seguimos apostando por no borrar la sonrisa que nos regala, todos compramos al primer precio, bah.

   Como buenos consumistas, llevamos cosas que no necesitamos, ya para salir entramos a un local atendido por tres preciosas muchachas, una de ellas te toma de la solapa, retira tu bufanda, la alisa, te la vuelve a poner mientras te acomoda de nueva cuenta el saco, “handsome” te dice mientras toca tu pecho, siente el bulto de tu cartera, “mucho dinelo” dice, sabes perfectamente que esa es su estrategia de venta, atraer a los varones, coquetear y vender a toda costa, se te acerca peligrosamente, es una niña, piensas, das dos pasos atrás mientras sus ojos rasgados te siguen, logras romper el contacto visual y alcanzas a escuchar como tu líder negociador, vencedor de mil batallas, el inconmovible ya no regatea, al contratrio, paga 100 Yuanes por una prenda de 20 dejando además la mercancía, joder, los héroes también pueden ser vencidos, sales de la tienda.

   Te encuentras con Alejandro, te dice que quiere ver los relojes, te pide lo acompañes, de acuerdo, aún nos quedan 20 minutos para tomar el autobús, nos dirigimos al 4º piso, entra en uno de los locales, lo atiende un varón y dos chicas, tu lo esperas afuera observando otros aparadores, en un momento escuchas fuertes gritos, te asomas y ves a tu camarada en un rincón con los vendedores rodeándolo, no lo dejan salir, se cruzan nuestras miradas y percibes un dejo de angustia en la suya, entras y tocas el hombro del varón, lo percibes agresivo, tal pareciera que una vez que entraste a su tienda le tuvieras que comprar a huevo. Alejandro trata de avanzar a la salida pero una de las chicas lo toma del brazo, mi amigo jala con fuerza y golpea con el codo a la otra chica, su rostro se baña de rojo mientras grita, el chino empuja a mi amigo, quien cae en un aparador, el ruido de cristales rotos inunda el ambiente, cuando se dispone a golpearlo, lo agarro por la espalda con todas mis fuerzas, el maldito chino se tira al piso y se me escurre, siento un golpe en la cabeza, se me nubla la vista, gritos, desde el suelo alcanzo a ver como nos tunden a patadas, alguien apaga la luz.

sábado, 2 de marzo de 2013

Habana




   Si, al aeropuerto por favor, pego mi rostro al cristal del auto y me despido de esta ciudad, de la brisa con sal de su malecón, de sus olas enormes que se estrellan en el Morro, de los otrora cañones que adornan las calles, del capitolio y su ironía, del Granma, de los mojitos, del Capri y sus mujeres de traseros erguidos, del Partagras, del Gato Tuerto y sus boleros, del café, de la Casa de la Música y sus ritmos, de la Casa de las Américas y sus letras, de las cervezas Cristal y Bucanero, del aromático Cohiba, de las santeras vestidas de blanco, del Tropicana y sus bailes, del Habana libre y la historia en sus muros, de la guagua, de la gasolina rica en plomo, de los museos y sus restauraciones, de la casa Guayasamín con sus Fideles, de las callejuelas y sus miradas furtivas, de sus olores, de su gente.

   Llegamos, mientras espero en la fila, no resisto la tentación de verle el trasero a una joven que está delante de mi, es hermosa, un taco de ojo no le hace mal a nadie, decido distraerme en una lectura que cuenta las andanzas del mafioso Mayer Lansky en esta tierras. Me llaman, documento el equipaje y me dispongo a matar las tres horas de espera a golpe de recuerdos cercanos, tomo un asiento y me desparramo, cierro los ojos dispuesto a iniciar un ejercicio de reflexión y síntesis de la experiencia, lo que habré de recordar por siempre.

   Me remonto a mi llegada, mientras esperábamos pasar por migración, un policía vestido de civil buscaba en la respuesta de unos viejos que solo hablaban inglés, razones ocultas al placer de solo viajar, me pareció exagerado el interrogatorio, se trataba de un policía atrapado en los tiempos del recontra ultra espionaje de la guerra fría.

   Recuerdas tu turno frente a la oficial de inmigración, fue ahí, que viste por primera vez la puerta cerrada, esa que solo se abrió cuando ella verificó que eras un turista mas, hiciste un comentario que a cualquier otra mujer le hubiera arrancado una sonrisa, pero la mulata no estaba para bromas, recibiste un ceño fruncido y una especie de reprimenda como respuesta, de inmediato te arrepentiste. Mientras te volvías de nuevo un hombre aburrido, llenó un formulario y dándote una ultima mirada oprimió el botón que te abrió la puerta a la Habana.

   Esperaste tu equipaje, la maleta tardaba en aparecer, no te importaba, estabas respirando el aire de la tierra de Martí, de Silvio y Pablo, versos y guitarras que marcaron tu juventud, tierra donde Ernesto alcanzó las alturas de ícono revolucionario.

   Se te antoja un cigarro, los minutos parecen haberse detenido en esta sala de espera, nunca te han gustado, te meten en un estado de nerviosismo donde el humo del tabaco es lo único que parece calmarte, volteas y ves un letrero que prohíbe fumar.

   Para tranquilizarte cierras los ojos, recuerdas tus años de juventud, los debates, cigarros, las críticas al partido dominante, cervezas, las marchas de apoyo al pueblo nicaragüense en la glorieta de los Insurgentes. Te descubres suspirando con esa sonrisa del pasado mientras las palabras de Salvador Allende vienen a tu memoria “Ser joven y no ser revolucionario, una contradicción hasta biológica”, casi en automático, en voz inaudible repites la cita que no habían tocado tus labios en décadas, “las dictaduras engendran revoluciones”. Recordando sombras de la historia ves a Díaz en México, a Pinochet en Chile, a Stroessner en Paraguay, a Somosa en Nicaragua, a Duvalier en Haití, a Trujillo en Dominicana, a Noriega en Panamá, todos interpretaron la lección a su manera, “milicos del mundo, uníos”. Irremediablemente la reflexión te lleva a Fidel, el sempiterno Fidel.

   Vuelves a tu ensueño, te hospedaste en la Habana vieja, cogiste la mochila y saliste a la calle, después de rechazar a los choferes de taxis que no entendían tu vicio por caminar te sumergiste en esas calles de edificios grises, vestidos de hollín y de tiempo, el único color que ostentaban era el de la ropa tendida al sol de sus ventanas y balcones. La ciudad de las columnas de Carpentier te recibía, los vitrales de abanico rojos, azules o amarillos con huesos de plomo o de madera te saludaban, la música en los pequeños rincones te asaltaba y tú, que siempre has sido un tronco para el baile, te movías discretamente, provocando la risa de quien te veía, siempre había alguien observando.

   Nunca viste tantos autos clásicos juntos, algunos impecables, de colección en otras partes del mundo, un collage tecnológico del siglo pasado, carrocería americana, transmisión alemana, carburador checoeslovaco, suspensión soviética, los hermanos cubanos se adaptaron al bloqueo del tío Sam y se volvieron los padres del ingenio, resolvieron las carencias con lo que tenían, lo fabricaron, lo repararon, lo ajustaron, lo utilizaron.

   Caminaste por las calles de una de las primeras ciudades de la conquista, te preguntas como luciría en aquel tiempo, cuando la poderosa España y su iglesia, eran dueños de la tierra, de los mares, de los hombres y de las almas de los hombres.                  

   Cuando llegaste a la plaza de la revolución, un imponente Martí te sonrió… Yo soy un hombre sincero de donde crece la palma y antes de morirme quiero echar mis versos del alma… Yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy: Arte soy entre las artes y en los montes monte soy. Guardaste silencio, a 120 años de su vida, le rendiste homenaje a un hombre que trascendió su tiempo y su espacio.

   Parece que te dormiste, abres los ojos, dos chicas y un joven están frente a ti, una de ellas es la cubana que te gustó en la fila de documentos, te tocas el rostro y tratas de ahuyentar al sueño frotándolo con fuerza, sin querer escuchas su charla, los percibes nerviosos, se preguntan porque tardamos tanto en salir, la verdad es que estamos a tiempo, una de ellas aprieta el boleto de avión, como si su futuro dependiera de ello, te das cuenta que por primera vez salen de la isla.

   Mencionan algo de un decreto, si, ahora lo recuerdas, lo leíste casualmente en el diario oficial, la política para salir de la isla para los cubanos que no son ni atletas, ni militares, ni diplomáticos, se suavizó. La nueva ley ya no exige la carta de invitación y tampoco la autorización del estado para salir, me parece que se requiere una autorización del responsable del centro de trabajo donde se labora, tiene que ver con el control de la fuga de cerebros, si, ya recuerdo.

   Vuelvo, una de las chicas transmite ansiedad, le sonrío, trato de imaginar la realidad que está sintiendo, me regresa el gesto, me sostiene la mirada, estamos así algunos segundos que me parecen eternos, sus ojos verdes son como imanes que no permiten que me aparte, una capa de humedad les atenúa el brillo, poco a poco, comienza a llorar, es un llanto silencioso, discreto, las lágrimas bajan por sus mejillas, aunque sigue sonriendo denota una profunda congoja, miro su mano, sus nudillos están blancos, el boleto ha perdido su forma, yo, por mi parte, sigo hipnotizado en el contacto, las palabras que conozco me abandonan, en un acto solidario mis ojos se humedecen también, me parece que si… su futuro depende de ello.

lunes, 28 de enero de 2013

Chiapas



Fragmento de obra de Ricardo Carpani



Llegas al hotel después de 18 horas de viaje, lo único que quieres es bañarte y dormir hasta donde sea posible, la cabaña tiene lo necesario para descansar, es decir una cama, el baño es compartido, lo que te gustó es que está en medio de la selva lacandona en el corazón de Chiapas, México.

Después de refrescarte te recuestas, para un hombre del desierto resultan sumamente inquietante el sonido de la selva, ruidos desconocidos bañan el ambiente, la ventana permite entre el negro selvático ver un poco del cielo estrellado, piensas en los antiguos estudiando este mismo cielo, en este mismo lugar.

A mitad de la noche un grito parecido a un aullido te despierta, cuando cobras conciencia estás de pie con la respiración agitada, intentas tranquilizarte pensando que se trata de una pesadilla cuando el grito se presenta de nueva cuenta, viene de afuera aunque es tan fuerte que pareciera salir de tu misma habitación, enciendes la luz, asustado, pensando de que animal puede tratarse, debe tener una caja torácica importante, a partir de entonces un concierto de gritos anula todos los demás sonidos, terminas por acostumbrarte, te recuestas y finalmente te duermes, el mono aullador te ha dado la bienvenida.

Mientras desayunas unas galletas y un café, se te acerca un lugareño, su frente delata su linaje, ese que has visto en las referencias mayas que has consultado. Te dice que ha organizado una caminata por la selva hasta llegar a un lago y te promete el avistamiento de aves, reptiles, monos, parajes y unas cascadas que poca gente conoce, baño incluido, diez horas ida y vuelta, no hay tarifa, lo que le quieras dar. Su mirada limpia y sonrisa franca de inmediato te conquistan, tomas tu mochila y decides sumarte al grupo, desde hace años estás convencido de que el azar no existe y este paseo habrá de ser parte de tu experiencia.

El grupo está formado por extranjeros, los únicos mexicanos somos Juan, el guía y yo, es increíble que nuestra tierra más oculta sea siempre del interés de otros pueblos.

Nos adentramos en la selva, solo quedamos la jungla y nosotros, Juan al frente de un grupo de ocho en línea, yo, como siempre me coloco al final, me gusta observar a las personas y la retaguardia es una posición privilegiada para el efecto. Hay una vereda que nos permite avanzar casi sin utilizar el machete, todo un espectro de verdes, marrones y amarillos nos rodean, comienza a llover suavemente y el olor a selva húmeda acaricia nuestros sentidos, levanto la vista, el efecto de las gotas atravesando las copas es alucinante. Ocasionalmente Juan levanta el brazo para indicar un avistamiento, es importante hacer el menor ruido al acercarnos.

Hemos visto bichos de todos los tipos, aves, insectos, lagartos, culebras y ranas que se mimetizan de tal manera que parecen hojas, ramas o lianas hasta en su mas mínimo detalle, si no fuera por Juan y su ojo entrenado el resto de nosotros caminaríamos prácticamente sobre ellos sin darnos cuenta.

Después de tres horas de camino llegamos a una cascada de un color azul claro, Juan nos explica que la coloración del agua se debe a las sales de carbonatos que lleva disueltas. Es momento de descansar, nos sentamos a la orilla del río, saco de mi mochila una lata de atún y unas galletas, me tumbo a fumar un cigarro, desde hace rato ha dejado de llover y ahora el cielo está limpísimo, me entretengo buscando formas en las nubes o en los árboles que nos rodean, el grupo se encuentra relajado, algunos decidieron entrar al agua, otros se separan, seguirán explorando, Juan recomienda no alejarnos demasiado, en dos horas emprenderemos el regreso.

Después de un rato solo estamos Juan y yo, lo observo, come algo, que es, pregunto, hongos, pruébalos me dice, te ayudarán, los cuenta, son ocho, me llevo uno a uno a la boca, tienen un sabor ligeramente amargo, están buenos.

Te descubres caminando a la orilla del río, traes en tus manos el snorkel que no recuerdas haber sacado de la mochila, tampoco sabes a que horas te quitaste la playera pero te sientes bien, en paz. En un recodo del río encuentras un bulto de ropa, descubres una prenda roja y deduces que es de la chica albanesa que viene en el grupo. Te desnudas, te parece de lo más normal el hecho de querer bañarte con ella, no te importa que venga acompañada.

El agua fría aguijonea tus plantas, sube por tus pantorrillas y muslos, cuando llega a tus genitales un acto reflejo te detiene pero enseguida otro pensamiento te dice, ya estás acá y te metes de golpe, sabes que tienes que moverte con vigor para entrar en calor, recuerdas tus clases de termodinámica y casi puedes ver la transferencia de calor entre los cuerpos, del mas caliente, en este caso el tuyo al de las sales de carbonato disueltas.

Decides nadar hacia la pequeña cascada, te das cuenta que a pesar de tus esfuerzos no consigues acercarte, el ejercicio te quita el frío que al final solo se trata de un estado mental. Te impones el reto de sentir esa fuerza sobre tu espalda, te agarras de un tronco horizontal que está al nivel del agua para poder acercarte, te tienes que sumergir para aparecer al otro lado, la fuerza del agua es impresionante, no la imaginaste así cuando decidiste sentir su caída a los 8 metros, como si hubieras firmado un contrato en el que te fuera la vida, la necesidad de cumplir tu objetivo se vuelve poco menos que apremiante, sabes que nadando nunca podrás llegar, te ayudas de unas ramas, sacas la mitad de tu cuerpo del agua y con las dos piernas preparas un salto hacia la base de la cascada, percibes entre la brisa, el estruendo y la espuma a la pareja de albaneses que, al fondo, observan tu maniobra, encoges tus piernas, cierras los ojos, llenas tus pulmones de aire y en un movimiento firme, te impulsas con todas tus fuerzas, de espaldas hacia la pared de agua.

Cuando el golpe de agua te recibe, te sientes a merced del elemento y tus 78 kilos parecen dejar de serlo cuando la fuerza de la naturaleza te sumerge y te hace pasar en un segundo por debajo del tronco para salir a flote sin un rasguño, cuando emerges sueltas un grito liberador que envidiaría cualquiera de los monos que habita este lugar.

Descubres a los albaneses que te miran con curiosidad, los dos sonríen, seguramente se preguntan que tipo de persona eres, después de asimilar la experiencia, percibes al agua riquísima, vigorizante, te diriges a la orilla y te pones el snorkel, siempre que hay agua de por medio lo llevas, sabia decisión, te ha permitido disfrutar con plenitud de rocas, tortugas, peces, colores y uno que otro cuerpo que nada junto al tuyo.

Ya relajado hechas un vistazo al ojo de agua, a través del plástico en tu cara percibes a las rocas y plantas de tu alrededor con una total claridad, inhalas y exhalas con plenitud ufffff juuuuu, el sonido que ejerces con la fuerza de tus pulmones es lo único que escuchas, ufffff juuuuu, el sentido de la vista pasan a ser el centro de tu atención ufffff juuuuu, sabes que estas viviendo una experiencia que habrás de recordar por mucho tiempo ufffff juuuuu, un movimiento en el fango llama tu atención, ufffff juuuuu te diriges a ese espacio, donde se encuentran los albaneses, ufffff juuuuu, ríen y juegan ufffff juuuuu, está buenísima, ufffff juuuuu, decides descansar, intentas pararte, ufffff juuuuu, algo te lastima el tobillo ufff juuu ufff juuu, te duele, el ardor se expande por tu pierna ufff juuu ufff juuu, te sumerges a ver que pasa ufff juuu ufff juuu ufff juuu, no puedes moverte ufff juuu ufff juuu ufff juuu, te quema, ufff juuu ufff juuu ufff juuu, buscas a tu alrededor, los albaneses siguen jugando ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu, por fin la ves, se aleja, serpentea ufff juuu ufff juuu ufff juuu,  manoteas ufff juuu ufff juuu ufff juuu, los albaneses ríen ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu ufff juuu.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Noche de muertos


La muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos
Camilo José Cela


Como todos los inicios de los noviembres de tu vida consciente, te diriges al pueblo a saludar a tu sangre muerta, desde niño tus padres, sobre todo tu madre, te enseñaron a honrarlos. Una noche todos los muertos de la familia se volvieron tuyos, aprendiste a dedicarles pensamientos y oraciones, la primera noche del primer día del penúltimo mes.

Tomas el autobús, te sientas como siempre en el 18, tu número favorito, para tu fortuna, el 17 lo ocupa una mujer, en sus treintas, de belleza discreta, cuando te sientas voltea a verte pero apenas te mira, está concentrada en un libro de fotografía, alcanzo a ver que es de Nan Golding, no conozco mucho de su obra pero si de sus fotos inquietantes llenas de historias obscuras.

Al fin salimos de la ciudad, para algunos citadinos el solo hecho de meterse en un tráfico asociado a un puente largo inhibe cualquier intención de abandonar los paisajes grises. A medida que el verde va ganando espacio en la ventana, entras en un estado de paz agradable, como si todos tus problemas estuvieran resueltos, cierras los ojos y te descubres sonriendo, reflexionas que lo que te tiene feliz es imaginar tu llegada al pueblo, te gusta hacerlo como ahora, sin avisar, tomando por sorpresa a toda la familia. Los imaginas con los preparativos, las frutas, las velas, las fotografías, los cientos de flores amarillas que siempre te han remitido al Mauricio Babilonia de Macondo, el sombrero de fieltro del abuelo, el chal de la abuela, el pato que manufacturó la tía, la copa de brandy, las gomitas, prendas que desde hace años ocupan un lugar en el ropero, las ropas de los muertos que los vivos decidimos guardar, para estos encuentros, para mostrarles el camino a casa.

Abres tus ojos, la mujer del 17 se ha ido, la buscas en los asientos vecinos como si en realidad te hubiera abandonado, te recuerda a alguien pero no alcanzas a ubicar de quien se trata, asumes que el haberla visto con un libro de fotografía te predispuso a querer conocerla, casi nunca dejas ir estas oportunidades, conversar con almas afines, te preguntas en que momento se fue, debiste haberte quedado dormido, el sueño siempre ha sido tu amigo, desde que tienes memoria. 

Te encanta descubrir desde el camino las torres del pueblo, el lugar donde te bautizaron y donde te vestiste de monaguillo a los ocho. Por fin llegas, te bajas, desde hace años tu maleta es un morral, te gusta viajar ligero. Recorres las calles, despacio, concentrado en pasos muy cortos, tratando de ver, oler y escuchar todo lo que sucede, cualquier rumor, cualquier movimiento, cualquier sombra, este ejercicio siempre te ha ayudado a cargar los lugares a tu memoria. Reconoces algunos rostros y casas, observas a los chicos que juegan pidiendo su calavera, ajenos por fortuna a las realidades globales, a los jóvenes que coquetean y cortejan, o viceversa, a los viejos que rezan, recuerdan y lloran a sus hijos, a los hijos que lloran recuerdan y rezan a sus padres.

Las casas están vestidas de flores, descubres enormes altares en pasillos y cuartos, el aroma de los tamales y del atole despierta tus recuerdos mas lejanos. 

Noche de muertos, es especial, se establece un canal directo al Mictlán. Sabes que las ánimas de los hombres se alimentan de las ánimas de los frutos, de los panes, de las bebidas, es el momento de compartir el pan y el vino con ellos, hasta que un día, los alcancemos, como en aquella escena de "Un hogar sólido" de Elena Garro donde, bajo ese contexto, la muerte del ser querido es esperada impacientemente por los muertos, solo en México.

Por fin llegas, todo el pueblo está ahí, mientras buscas el espacio de los tuyos reflexionas que la muerte es una de las pocas realidades que en verdad es democrática, el maestro Posada, tenía razón. 

Observas, la vigilia, el silencio, los recuerdos que los llaman, el altar que les muestra el camino, los sonidos aleatorios a través de los cuales nos contestan y nos dicen que aquí están, con nosotros, entre nosotros, sonriéndonos, tomándonos de la mano o acariciando la cabeza de los mas pequeños, los sentimos, aquí están.

Ves a tu madre, a tus hermanos, hijos y sobrinos alrededor de la tumba familiar, el corazón te late con furia, te acercas en silencio esperando sorprenderlos mientras rezan cuando una sombra llama tu atención, un escalofrío te recorre la médula y sientes como se erizan los vellos en tu nuca, si, ahí están los abuelos y la tía Susana, te saludan, muerto de miedo llamas a tu madre, a tus hijos, parecen no escucharte, se acerca tu abuela, Adelita, te besa.

viernes, 26 de octubre de 2012

Lluvia




Todo mi cuerpo en este Otoño se siente crepúsculo en la lluvia
Tagami Kikusha

Para Sabrina

Te encontré, me encontraste, no importa, un día nos descubrimos caminando tomados de la mano en la vieja ciudad de hierro, los pasos terminaron por llevarnos a Chapultepec, a sus arboles y sombras, un extraño temor a ellas te hacía caminar por los espacios irregulares de luz, como si el pisar las sombras fuera a marcar de alguna manera tu destino. Cuando el cielo emitió un rugido y súbitamente comenzó a llover, me sorprendiste con un grito de alegría, levantaste los brazos dando la bienvenida al Dios de los ancestros, uno que no es el tuyo pero que sin duda adoras, le sostuviste la mirada mientras purificaba tu rostro. Yo, por el contrario, en un acto reflejo de un hombre del desierto me metí bajo las hojas de un árbol como si temiera ser contaminado, manchado por una de las mayores bendiciones de la naturaleza.

Mientras tu bailabas y yo me escondía, me vino a la memoria esa escena donde el protagonista está en medio de un aguacero y pretende cubrirse con una de esas hojas gigantes que hay en la selva, mientras un simio lo miraba extrañado,  ¿cubrirse de que?, ¿para que?, tan es solo agua, fuente de vida. Me relajo y doy un paso, dos, diez hasta llegar a tu lado, me animo a levantar la mirada hacia esas nubes que pintaron de gris al cielo, pasan unos minutos, estoy empapado, tu sigues dando vueltas, bailando, no te importan las miradas curiosas de los pocos que con su paraguas pasan a tu alrededor, te ven como si estuvieras loca, no saben que simplemente eres feliz, hay tiempos en los que la felicidad suele confundirse con la locura y viceversa.

Con cada vez menos testigos entramos a un prado, te quitas los tenis y echas a correr, contagiado por tu entusiasmo hago lo propio. Al quitarme las botas y los calcetines me saco un peso de encima, el de los prejuicios, sintiéndome de 5 decido seguirte en una loca carrera como aquellas que narra Carlos Castaneda en su experiencia chamánica, serpenteamos, derecha, izquierda, derecha nuevamente, brincos, maromas, el aguacero está en su etapa mas violenta, después de media hora nos volvemos  los únicos habitantes del parque, por fin te alcanzo, estas jadeante, eufórica, te doy un beso grande y un abrazo fuerte, nuestros labios y lenguas inician un juego que enciende nuestros cuerpos, nuestras manos cobran vida, nuestros dedos desabrochan, las piernas tiemblan y ceden el peso que soportan para depositarlo en el jardín del castillo, estamos solos, nuestro traje de agua disimula los sudores, en cierto momento me empujas con fuerza, tomas el control, me montas, me recibes, el pasto y la tierra cubren mi espalda, los pequeños guijarros dejan marcas en ella, mi perspectiva es sublime, tu mujer en primer plano bautizada por Cocijo, por Tafin, por Tzahui, por Tlaloc, no importa, cada uno de ellos te abraza, las nubes destellan y emiten rugidos ensordecedores, es ahí, en el momento supremo de nuestros cuerpos, cuando el tuyo mágicamente pierde la solidez y se transforma en lluvia, agua caliente que se derrama sobre mi cuerpo.


domingo, 23 de septiembre de 2012

Volar




“La vida es lo poco que nos sobra de la muerte”
Walt Whitman

Siempre que vas a volar te abraza la misma ansiedad, la noche previa no puedes dormir y tienes la sensación permanente de que algo se te olvida, lo que te obliga a repasar el contenido de tu mochila, de tu portafolio, de tus recuerdos, te descubres revisando tus cosas una y otra vez de manera casi enfermiza verificando el pasaporte, tarjetas, dinero.

Te acomodas en el asiento, de un tiempo a la fecha te gusta la ventanilla, alguien te enseñó a mirar a través de ella, a descubrir la magnificencia de las nubes desde una perspectiva de altura, a intentar calcular su tamaño con ausencia de puntos de referencia, mirarlas desde arriba, intentando como siempre acomodarlas en algún patrón de tus recuerdos. Te despierta de tu ensueño la aeromoza, una morena de cabello rizado que te dio la bienvenida, cuando pasaste a su lado le regalaste un “merci” con la mejor de tus sonrisas, anuncia las salidas de emergencia, hace una breve demostración de cómo utilizar una máscara de oxigeno en caso de que se presente una pérdida de presión en la cabina, al mismo tiempo se transmite un video, la grabación muestra la salida de las máscaras y como los pasajeros deben ponérsela, primero los adultos, luego los chicos. Tu, que te sabes de memoria el discurso, ignoras al monitor y te concentras en ella, sus movimientos, sus brazos y manos, sus gestos, su profesional mirada viendo al fondo del pasillo, evitando engancharse con la tuya o con la de otros, que como tu, simplemente le quitan la ropa.

Un pequeño de tal vez cinco, sentado a tu lado, te separa de su madre, no deja de hablar, es su primer vuelo, las primeras experiencias siempre son memorables, no importa si son malas, intentas recordarte a sus años, te transportas a la ciudad de México, en Santa María la Rivera, tu padre llegando a casa y tu corriendo a recibirlo, tu mirada se cruza con la madre del pequeño, seguramente estas sonriendo, ella te regresa el gesto.

La morena indica donde se encuentran los chalecos salvavidas, explica como ponérselos, se inflan automáticamente nos dice, si eso no sucediera, hay un tubito y habrá que soplar.

El avión toma pista, sientes la aceleración mientras imaginas la diferencia de velocidades y presiones de la parte superior e inferior de las alas lo que al final elevará la nave con todos nuestros kilos. La ansiedad que te producen los despegues y aterrizajes se manifiesta en el blanco de tus nudillos mientras clavas tus uñas en el brazo del asiento.

Cuando por fin abres los ojos, te asomas y miras la ciudad, observas como los objetos se alejan y empequeñecen, como los recuerdos de tu niñez. Aflojas el cuerpo y te desabrochas los zapatos. Abres el libro que tienes entre tus manos y te encuentras con una de esas frases que necesariamente requieren la reflexión “Cuando una mujer se desnuda su rostro embellece”, las letras de Fadanelli siempre tienen ese efecto en ti, tratas de recordar a todas aquellas que te han mostrado su cuerpo, no estas seguro de que la sentencia sea cierta, me parece que el tema del embellecimiento solo se da si está ligado al del amor, el efecto doble del que habla Paz.
En algún momento te duermes, en tu miedo a volar el avión colapsa sobre el Atlántico, sientes los gritos, el caos, por alguna extraña circunstancia que solo se presenta en los sueños sobrevives al impacto, te asomas a tu ventanilla y te encuentras con el mar y la ausencia del ala, sabes que en cuestión de minutos la cabina se irá a pique, recuerdas la clase de la morena y sacas tu chaleco, te lo pones, jalas, no se infla el maldito, comienzas a creer que es tu mala suerte hasta que te percatas que todos tus vecinos sufren la misma decepción, todos habremos de soplar por nuestra vida, que los no muertos interpongan las demandas necesarias.

El “gusta algo de tomar” te rescata del naufragio, la mujer del C pide un Whisky, cuando la morena voltea hacia ti y está a punto de preguntarte lo mismo, te adelantas y le dices que quieres lo mismo que la dama, buscas leer en el rostro de tu vecina si entendió el verdadero sentido de la frase.

Regreso a Fadanelli “Se ama lo que no es evidente, lo oculto, lo que se puede contemplar una mañana de verano o una noche de marzo solo si se cuenta con un poco de suerte” de nueva cuenta buscas la coincidencia de tu verdad en esas letras, es cierto que el misterio de lo oculto siempre ha cautivado a los hombres, también es cierto que habremos de apreciar en su justa dimensión aquellos momentos donde la belleza se desnuda ante nosotros, sin importar si es una noche de invierno o una mañana de octubre.

Pides otro Whisky, te gusta desde que el Ron te presentó a las agruras, cierras los ojos, piensas que 10 horas de vuelo son demasiadas para no intentar ligarte a la madre del güerco, recuerdas aquel filme que rompió paradigmas en el 74, donde sin mediar palabra, un hombre como tu, carga en vilo a Emmanuelle para hacerle el amor a 40000 pies.

Se escucha un tronido, tu corazón responde a mil, la nave comienza a perder altura como si estuvieras en la montaña rusa de Chapultepec, hay un ruido agudo que envuelve la escena, supones que proviene de una de las turbinas, se escuchan gritos e imprecaciones, el niño despierta llorando, las máscaras caen, en tu fila, de tu lado, solo una, el niño y tu tendrán que arreglárselas para respirar, maldita mala suerte, ajustas tu cinturón y tratas de acomodar tu pecho sobre tus piernas, el vientre no te lo permite. Volteas y ves a la mujer, también llora, tratas de imaginar por que razón no cayó tu máscara, que los no muertos interpongan las demandas necesarias.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Calle




“La fuerza es el derecho de las bestias”
Marco Tulio Cicerón

Le das de cenar a tu hijo y lo acuestas, tu madre te observa a través del espejo, como cada noche, con un gesto que reconoces de toda la vida, el del desamor.

Te vas a trabajar, tomas el camión de siempre, el trayecto hasta el centro te lleva de 40 a 50 minutos, reconoces a dos hombres y tres mujeres que como tu, cada día toman esta misma ruta, una especie de complicidad se ha tejido entre todos, a los hombres terminas por saludarlos con un leve movimiento de cabeza, las mujeres en cambio, sostienen tu mirada con una mueca fría, distante.

Hace frío, decides caminar un poco para entrar en calor, prendes un Marlboro sintiendo como el humo inunda tus pulmones, lo retienes, te gusta soltarlo poco a poco, despacio, provocando una caricia etérea sobre tu rostro, con el riesgo de que se humedezcan tus ojos. Piensas en tu hijo, buscas darle las oportunidades que no tuviste y sobre todo, los besos que tu madre siempre te negó.

Tomas la Juárez, hacia el poniente, piensas en la renta, el teléfono la colegiatura y los libros de inicio de curso, la falta de dinero ha sido la única constante en tu vida, hace tres años le prometiste a Beto llevarlo a la playa, una que solo conoces a través de revistas, él no lo sabe, en ocasiones la omisión de los detalles nos hace fabricar verdades.

Te cruzas con los parias de siempre, son como una congregación donde los planes no existen, todo se centra en sobrevivir, conseguir algo de dinero, no importa como. Casi todos te saludan como si fueras uno de ellos, pero no, tu tienes planes, irás a la playa, Beto estudiará y será amado, será feliz.

Aparecen unas luces azules que rayan de forma intermitente los muros de tu calle, muestran el graffiti que los del barrio han puesto marcando su territorio que es el tuyo. Los uniformados te miran con descaro, sienten que la placa les otorga derechos y los hace superiores, dale un poco de poder a un hijoeputa y obtendrás un policía. Algo me dicen y enseguida se carcajean, afortunadamente las luces se atenúan hasta desaparecer, junto con sus voces y prepotencia.

Me encuentro con Perla, tiene la boca reventada, me regala una mueca que pretende ser una sonrisa, no le digo nada, solo la abrazo fuerte, en este oficio la vida te llena de golpes, literalmente.

lunes, 20 de agosto de 2012

La fila


" El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio"
Séneca

Viernes, un día más una semana más, un año más, el espejo siempre termina por escupir la verdad, sin excusas, filtros, culpables o circunstancias, se vuelve un juez implacable que no escucha pretextos, simplemente refleja realidades que nos golpean cada mañana y que tratamos de suavizar con una afeitada y una limpieza bucal.

El olvido ha abrazado mis años universitarios, apenas recuerdo cuando quería ser Ingeniero y me topé con ese Polaco que me dio teoría electromagnética dándole a las leyes de Maxwell una importancia que no tenían. ¿Qué le costaba ayudarme? ni que me fuera a dedicar a la investigación de cargas y campos, yo solo quería diseñar instalaciones eléctricas, trabajar en el ramo de la construcción que es donde está el dinero, maldito Polaco, mil veces maldito, ojalá hubiera sido uno de tantos que murieron en manos de los alemanes en los 40s.

Por fin ha llegado el viernes, este sí que lo he esperado con sentido de urgencia, se me ha terminado el licor y el temblor ya se me nota. Lo que no me gusta es que habré de pararme en esa fila que en ocasiones parece interminable, sujeto a las miradas inquisidoras de todos, miradas que ya te han juzgado y dictado sentencia. Malditos, que saben ellos de mi historia, de los trabajos de mierda que he tenido, de las mujeres que me han desamado, del desprecio de la familia, de los amigos y hasta de los hijos.

Lo de menos sería levantarme más temprano, llegar primero, pero siempre hay un mundo de gente formada, pareciera que los miserables del mundo duermen ahí, a la espera de las migajas que el gobierno se digna arrojar y que muestra al mundo como uno de sus mayores logros sociales.

Mañana habré de asistir al discurso del senador Domínguez, quiere ser presidente, está promoviendo una iniciativa para disminuir la ayuda social, quien se ha creído, que derecho le asiste, no se trata de su dinero, es del pueblo y sus estratos, ni más ricos ni más pobres, porque se mete conmigo, que no tuve sus oportunidades, sus influencias, su dinero, que no participé de sus corruptelas, que se joda, no sabe con quién se mete, cuando baje del estrado lo estaré esperando, hundiré mi navaja en su abultado vientre tantas veces como pueda, una por cada ofensa que este país me ha infringido, por cada trabajo que me ha negado, por cada mujer que me ha mirado con desprecio, por cada uno de los que hacemos fila cuando sabemos que merecemos otro destino, quien se ha creído el hijo de puta.

martes, 24 de julio de 2012

Ruedas






No sabes cuando comenzaste a seguirla, un día simplemente se volvió parte de tu rutina, de tu existir, morías por que se cumpliera el tiempo en que sabías saldría a pasear, para tu fortuna, el patinar le representaba una especie de droga de la cual era adicta, no todas las adicciones lastiman.

Tu, para poder estar a la altura, te hiciste de una bicicleta de montaña, al principio la seguías discretamente, a 20 o 30 metros, siempre zigzageando atrás de ella, posteriormente fuiste ganando confianza y francamente le pasabas por la derecha, por la izquierda, ibas y venias, trazabas círculos en el asfalto teniéndola a ella como centro móvil, era como si la punta de un gran compás tuviera la vida propia descansando en las ruedas de sus patines mientras tú, que hacías las veces del carbón de ese compás, tratando de mantener la distancia concéntrica con el sujeto de tu deseo, dibujabas lo que las aves seguramente identificaban como los trazos de algo parecido a un caleidoscopio.

Perfecto, aunque aún no habías cruzado palabra alguna con ella, su cercanía era suficiente para hacerte feliz, algún matemático de la vida te enseñó que una buena ecuación es aprender a disfrutar cada momento que nos toque atestiguar.

Me gusta verte, estudiar tus movimientos e imaginar lo que técnicamente te hace falta para imprimir la aceleración y tomar una mayor velocidad, soy amigo del viento, en ocasiones, para sentirlo hay que correr. Por otro lado me encanta tu cadencia, esa manera de deslizarte sobre este asfalto caliente cual si de hielo se tratara, el recargar tu peso sobre una pierna para enseguida transferirlo a la otra mientras tus brazos se mueven rítmicamente ayudando en su sincronía al tema del equilibrio.

Me gusta cómo te detienes en medio del camino a ver algún lagartijo o bicho hermano de estas tierras, me emociona tu capacidad de asombro ante las cosas simples de la vida, aquellas que son invisibles para la mayoría de los mortales.
Cuanto daría por qué alguna vez me vieras al menos de esa manera. Me he hecho especialista en acrobacias sobre mi alubike, puedo rodar solo sobre cualquiera de mis ruedas, en la rampa de la universidad donde alguna vez hemos ido, me he animado a realizar el mortal que a todos emociona, excepto a ti, las audacias me han costado algunas caídas y huesos rotos, nada importante, pero a pesar de todo no logro tu mirada.

Después de un año de soñarte, de seguirte, de ser ignorado sistemáticamente he decidido enfrentarte, me he ganado el derecho de plantarme frente a ti, obligarte a detenerte, robar la mirada que me has negado y decirte cuánto te amo y que te quiero cuidar por el resto de nuestras vidas.

Me decido a esperarte en el parque, en el camino de la fuente que siempre sigues y que en su angostura, al estar yo ahí esperándote no te quedará más que enfrentarme, ahí vienes, reconozco tu silueta, el rítmico sonido de tus ruedas, me planto en la vereda, pongo la bici de lado para evitar cualquier intento de esquivarme, 30 metros, siento que me sudan las manos, como cuando tenía 14 y recibí mi primer beso, 20 metros, respiro profundo y trato de presentar la mejor de mis sonrisas aunque los nervios están a punto de traicionarme, 10 metros, me recompongo, me quito apresuradamente el casco y me paso la pañoleta por mi cabeza retirando el inevitable sudor del verano, 5 metros, sigues patinando sin bajar la velocidad, te grito que te detengas ante el temor de que en el contacto inminente te lastimes, pareces no escucharme, es como si tu foco de visión estuviera mas allá de mi persona, extiendo mis manos para atenuar el golpe, siento tu esencia en mis dedos, en mis palmas, en mis antebrazos, en mi pecho, en mi cabeza, en mi cuerpo, sorprendido alcanzo a ver cómo me atraviesas, un escalofrío me recorre la espalda, a la orilla de la vereda descubro una pequeña cruz de madera, con mi nombre en ella, entonces recuerdo, la caída y el golpe seco contra la base de la fuente.

domingo, 15 de julio de 2012

Madonna

Un cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen.
Degas

Si algo me gusta del Distrito Federal es su oferta para combatir al ocio, hay de todo, como corresponde a una de las más grandes urbes del mundo, desde los tiempos de Marco Tulio Cicerón. El jueves me topé con una exposición de Edvard Munch, decidí conocerlo al recordar aquella frase suya donde se autodefinía como un diseccionador de almas, arduo trabajo el suyo, la exposición, aunque breve, mostró obras interesantes, me impresionó fuertemente La Madonna, una obra rica en sensualidad, el tocado, la luminosidad del cuerpo, el fondo obscuro lleno de movimiento resaltando la silueta del personaje, ojos cerrados con círculos obscuros alrededor y un rostro que me resultó perturbadoramente conocido. Esa noche no pude dormir, la obra me persiguió durante horas y cuando al fin pude conciliar el sueño ya era hora de levantarme.

La Madonna permaneció en mi memoria todo el viernes, no pude concentrarme en la reunión que había preparado con tanto ahínco, a tal grado que seguramente perdí la mejor cuenta de este año, no me importó, la obra de Munch se transformó en mi prioridad, debía descubrir a cual de las mujeres que conozco evocaba, algo me decía que mi futuro dependía de ello.

Por fin en casa, los 40°C combinados con una humedad del 83% pegan mi camisa al cuerpo, definitivamente un hombre de agua, sentencia que me han repetido todas las mujeres que he amado y que han descubierto como me derrito en los momentos donde se corona la intimidad.

Aunque puedo vivir en cualquier sitio, el puerto siempre me ha llamado, necesito el calor, las sandalias, la ropa de manta, el sombrero y el habano que se han vuelto parte de mi personalidad, ya llevo acá 30 años, en este bendito malecón he conocido a más mujeres de las que puedo amar, he amado a más mujeres de las que puedo recordar y he terminado por  recordar a más mujeres de las que en realidad he conocido.

Llego al departamento que tengo en un quinceavo piso, me gusta dormir la siesta en esa hamaca que le compré a un hombre de 85 años y que me pidió que lo ayudara, que necesitaba vender, se llamaba Manuel, me conmovió y aunque no necesitaba hamaca alguna decidí comprar sin regatear, un hombre de 85 que sale a ganarse la vida como uno de 20, merece todo nuestro respeto.

Esperanza, la mujer que me ayuda no se encuentra, mejor, me gusta la soledad, es una chica extraña pero eficaz, tiene todo limpio, cuando me quedo en casa siempre hay comida, la ropa impecable y hasta en alguna ocasión que dormía la siesta, desnudo como siempre, estuvo conmigo persuadida por unas palabras que fingí no haber pronunciado y unos besos que también olvidé haber dado.  El rito de las 5 da comienzo, enciendo el abanico de techo que es lo único que acepto como acondicionamiento ambiental dado el escaso ruido que produce, me quito la ropa que deposito en la silla de mimbre, me preparo un whisky doble y me recuestas en la hamaca, cierro los ojos y me propongo a escuchar el silencio que la tarde que un quinceavo piso te puede permitir, mientras doy unos sorbos escucho a Esperanza que acaba de llegar, hola señor me dice, no me molesto en contestarle, siento como se ha quedado en la entrada de la habitación, se que le gusta observar mi desnudez, no me importa, ahora solo doy cabida a los sentidos del oído y del gusto, el silencio y el whisky.

Un ligero vaivén me despierta, mi copa vacía yace en el piso, Esperanza pegada al muro es quien se encarga de mecerme, está frente a mí, se ha quitado la blusa, su mirada me busca, es como si quisiera asegurarse de que se que existe, pienso si valdrá la pena involucrarme una vez más en su locura, cierra sus ojos quedando de manifiesto sus grandes ojeras, un distintivo muy personal, me mece con la mano derecha mientras con la izquierda se acaricia, guardo silencio, siempre me ha gustado observar la transformación de los rostros producto de la autocomplacencia, la velocidad pendular alcanza su máximo en la altura más baja, recuerdo mis clases de física, voy rápido, me incomodo, le ordeno que pare pero ella responde con una risotada fuera de todo lugar, estoy confundido, la mujer está desquiciada, sus risas se han convertido en carcajadas y ahora mece la hamaca casi con furia, esa fuerza me ha llevado casi a topar con uno de los muros, en la reflexión sé que cuando la velocidad se vuelva cero y alcance la mayor altura, vendrá el movimiento en retroceso impulsado por la fuerza de gravedad sumada a la que imprima la propia Esperanza, seguramente me hará alcanzar el ventanal del muro contrario, asustado le grito que pare, deja de reír y se funde en lo que reconozco un espasmo, es entonces que la veo, el velo, los senos, el pelo, las ojeras, su sensual locura.

La Madonna de Munch te saluda.